sábado, 22 de octubre de 2011

El final de los cielos

Para que el agua fluya tan sólo es necesario abrir un resquicio. Puede ser pequeño, y el agua saldrá despacio. Pero lo hará, y eso es innegable.

Si es pequeño, al principio no te das cuenta. Aunque a medida que sale, el hoyo se hace más grande. Y de repente estás atrapado.

No recuerdo el final de los cielos.

Si recuerdo el principio.

Agua que ya se ha solidificado en hielo destemplado. Todo para que del nuevo sólido vuelva a salir líquido un nuevo día. Es la fórmula de esta nuestra dulce vida, basada en ciclos, en cambios, en sorpresas.

Podría definir mi situación tan sólo con un ligero balance desde el año pasado hasta hoy, y entenderías quien soy. Pero desde luego que de todo eso me quedo con mi última racha.

He podido ver resurgir esa vaga esperanza de nuevo. Llámalo sino una humilde e ingenua sensación que ha conseguido que olvide el último cielo por momentos.

He podido experimentar el ligero miedo de saber que este es el último año de facultad.

He visto pasar a unos cuantos fantasmas, y he conocido a otros nuevos candidatos a serlo. Algunos más diablos que otros. Muchas risas de por medio.

He sufrido la fiebre a las puertas de un año más en mi piel. Me quedé con un curioso recuerdo en forma de derrame. Ha dado paso a demasiadas metáforas.

He sido testigo de un hecho poco usual, de como una persona que no conoces puede sentarte a desayunar contigo porque sí. (y además, dos veces)

He sufrido un dolor insoportable durante tres horas y media, previa entrada por primera vez como ingresado en el hospital. Cólico nefrítico, lo llamaban. Dos semanas después, aún sufro réplicas y ecos de aquel primer cólico.

He sido engatusado para meterme en una empresa de estructura piramidal (cosa ilegal) Impregnado de cierta ilusión, me vi casi con un pie dentro. Por suerte, mi padre volvió a darme un buen consejo. Y de paso descubrí algo increíble. También ha servido para ayudar a un amigo.

Por segunda vez, confesé el problema con ese último cielo. Me ayudó a ver el final.

Y me reí con una tontería en forma de servilleta pintada. Y ella también se reía.



Ahora mismo me duele todo el cuerpo. Pinchazos y retazos de un pasado que aunque pese, alumbra. Y al mirar hacia delante, no puedo evitar una leve sonrisa de alivio, a pesar de no esperar oportunidades ni ciertas sorpresas. En el fondo tampoco las busco.

Aunque...bueno, aún queda eso...


Mi moraleja de hoy es simple. Al igual que uno se acostumbra al dolor de un cólico que dura varias semanas, también te acostumbras al final de los cielos.

Bien, eso y que curiosamente nunca me enamoro de las rubias...


jueves, 13 de octubre de 2011

Acuarela de almas

¿Sabes? A veces pienso que pinto con las manos desnudas sin saber muy bien el qué. Una aparente fuerza invisible me mueve esbozando pinceladas violetas y verdes en direcciones que no creo entender.

A la vez aplico puntos rojos que borren sentimientos ocultos. Borrarlos...más bien los ocultan de forma parcial. Y me enfoco en las otras tonalidades, sólo para evitar un dolor que no es físico ni explicable. Una carencia concreta, incapaz de reemplazarse con nada. Absolutamente nada.

De repente me pica la curiosidad del amarillo en líneas rectas y suaves. Sigo sin controlar muy bien mi creación.

Seguramente no entiendas muy bien lo que ves pintado. Que no te extrañe...

Pero no te preocupes, tengo fe.

El amasijo empieza a parecer arcilla de colores que manipulo sin parar. Y la pintura sale del cuadro, aspira a ser una escultura. ¿De dónde saco esta ilusión, aún cuando carezco de destreza para ofrecer algo precioso?

La práctica hace al escultor. Pero ya guardo demasiadas muñecas feas en el desván.

Y poco después de terminar una, vuelve de nuevo la inspiración. Musas no faltan. Y vuelvo a pintar, sin saber muy bien el qué. Nuevos colores y una temblorosa mano como viejo pincel.

Jamás me faltará la curiosidad, por suerte. Aunque haya sentimientos que nunca se borren por mucho que pintes encima...