lunes, 25 de octubre de 2010

domingo, 24 de octubre de 2010

Crescendo

Las farolas se van encendiendo, como orquesta el eco de decenas de coches marchando por la autopista. Se camina con ganas, la mente en blanco. Las manos en los bolsillos para evitar un poco el frío que se va acumulando.

Y me paro.

Demasiado tiempo en la sombra, me dijeron. ¿Y para qué? Esa estrella comienza a brillar con una enorme intensidad. Si, ando entre sombras, y siempre lo haré. Eso no va a quitar que siga caminando cuesta arriba en busca del horizonte. Puede que no evite el sentirme solo, que se le va a hacer. Tengo que seguir...

Miro el reloj y los grillos cantan. El aire gélido me acompaña a lo largo del asfalto.

Una parada en el camino. Una gasolinera, con muchos viajeros descansando, al igual que yo. Cada uno se guarda su propia sombra, pero se lee en sus miradas el rumbo que han tomado y el dolor que están obligados a soportar.

Entro en el bar, pillo algo de calor y me tomo un café. Reuno fuerzas y echo un vistazo. Todo el mundo se centra en lo suyo, algunos están acompañados y charlan. Otros simplemente leen el periódico o permanecen en silencio. No soporto a la muchedumbre y salgo de allí con rapidez. De nuevo en la oscuridad, sigo mi rumbo, pasando junto a un grupo de fumadores.

Me paro cerca de la salida de la gasolinera, justo en el límite entre las luces y las sombras de la inmensidad. Noto varias manos palmeándome la espalda. Cierro los ojos y bostezo. "Qué remedio. Habrá que continuar".

Algún día regresaré a esta gasolinera. Pero ese día no sentiré tanto frío ni tanto silencio. ¿Cosas del destino? Ni de coña...No hay destino que valga aquí.

martes, 5 de octubre de 2010

El coleccionista de anécdotas

1.



Aquella mañana crucé el umbral del café con las ideas alborotadas. Más que de costumbre. Me encaminé a mi sitio de siempre como si fuera un autómata, tomé asiento y revisé la hora que era en el móvil. Mis pensamientos volvieron a transfigurar mi visión de la realidad, llevándome lejos de allí. Cuando Raquel, mi fiel camarera, me acarició la oreja para despertarme, me sentí cómo saliendo de una pesadilla.

- Félix, te noto ido. ¿Has vuelto a caerte hoy de la cama? - bromeó con su pícaro y jovial tono de joven con ganas de comerse el mundo.

- Lo normal es que me caiga de la cama. En esta ocasión sin el golpe sigo medio dormido. ¿Qué me ofreces hoy, guapa?

- ¿Tú cafetito para empezar? Luego ya veremos... - dijo cómo esperando que su cliente favorito le soltara algún piropo.

- Vale, vale. ¿Sabes? Hoy estoy un poco depre...Es posible que busque algo de conversación con alguien que vea en una situación parecida.

Raquel hacia cómo que tomaba notas para que no la acusaran de charlar o vaguear. Puso cara de desilusión y me preguntó que me ocurría. La verdad es que me encantaba hacerme el interesante, soltar algún dato suelto y dejar una historia a medio contar. Si todo el mundo sabe tu vida y que no tienes nada que ocultar, eres muy simple. Así que siempre tengo una chispa o dos que lanzar, y luego dejar que los agentes del rumor extiendan mi nombre. Es un experimento más, y a medida que profundizo en él, mejor me salen las jugadas.

- Bueno, cosas del desamor. Una historia que pensaba que iba a salirme bien y no lo hizo. Murphy me acompaña esta semana, nena.

- No me llames nena. Oye, tengo que seguir trabajando. ¿Que te parece si cuando salga me hablas de tu problema con Murphy?

- Esta noche me pilla mal. Pero teniendo en cuenta que sé donde vives y a la hora que sales, que no te extrañe si me presento de improviso en tu piso, ¿eh? - solté guiñándole un ojo, encantado de haber rimado sin querer las palabras "piso" e "improviso"

- No sé si sentirme halagada o preocupada porque sepas eso. ¿No me perseguirás también no? - soltó riendo mientras se alejaba.

No me resultó demasiado gracioso que bromeara con la idea de que fuera un acosador, sobre todo gracias a un incidente del pasado, basado en un malentendido que acabó metiéndome entre rejas y con un ojo morado. Ahora la considero una buena anécdota que utilizar en mis conversaciones, retocada e hiperbolizada, por supuesto. Una de mis reflexiones de la parada del autobús favorita es la de la relación entre la comicidad de una anécdota y el impacto real que supuso al que la sufrió. En este ejemplo en concreto, la experiencia me resultó desagradable, acabé furioso perdido y desanimado durante unos cuantos días. Pero cuando cuento lo que me ocurrió, separado ya de aquellos sentimientos, todo el mundo sonríe cómo si acabaran de ver una escena hilarante de la serie cómica norteamericana de turno. Y es verdad que cuando ves en la televisión cómo los personajes viven todo tipo de aventuras disparatadas, te replanteas tu propia vida y lo que te encantaría meterte en líos parecidos. El problema es que las cosas son divertidas cuando le pasan a otro o cuando se convierten en anécdotas...

Vuelvo a divagar. Echo un largo vistazo por toda la cafetería en busca de mi primera víctima del día. Observo a un chaval de unos veinte leyendo un comic a tres mesas de distancia, apoyado en la pared y con las piernas sobre el banco. Lleva cascos modernos y viste de manera informal: pantalones piratas, camiseta y zapatillas de cordones. Aparte es reseñable que lleva gafas y sobre la mesa ha dejado el periódico y un desayuno a medio terminar. Premio...

- ¿Qué tal, chaval? - le saludo sentándome justo enfrente suya, dejando mi propio periódico sobre la mesa como si tal cosa.

El chico levanta la mirada de la lectura y se queda mirándome. Luego cierra el comic y baja las piernas.

- ¿Te conozco de algo? - pregunta sonriendo.

- No. Aunque ahora que lo dices me resultas familiar...¿Vienes mucho por aquí?

- No realmente. ¿Tienes por costumbre sentarte en mesas ajenas o qué?

- Creo que un buen desayuno se disfruta más en compañía, ¿no te parece?

- No soy gay, tío, si es lo que buscas.

- Por favor... ¿Me ves pinta de homosexual? Además, ¿quien tiene ganas de ligar a estas horas? Porque yo no al menos...

- ¿Entonces qué quieres? - el veinteañero comenzaba a sentirse incómodo y malhumorado. No me costó mucho darme cuenta de que tampoco se había levantado con una sonrisa.

- Voy al grano. Me llamo Félix, y soy escritor. Si, si, no tengo mucha pinta de ser experimentado, apenas tengo cuatro o cinco años más que tú, pero puedo asegurarte que me sé de memoria la vida de media ciudad. Y no son pocas historias. Verás, me autodenomino como una especie de coleccionista de anécdotas, me acerco a la gente y les animo a que me cuenten sus historias. No a que me lloriqueen, sino a que me narren su forma de ver el mundo, que les inquieta, que les da miedo. Ferviente es el impulso que me lleva a dedicar algo de mi tiempo a estas entrevistas anónimas, y francamente, suelo sacarles provecho.

- ¿Y en serio te funciona? - el chico comenzaba a sentirse interesado aunque desconfiado.

- No siempre, es obvio. Pero como todo en la vida, es cuestión de probar suerte. Unas veces se gana, y la mayoría de veces se pierde - consideré que la broma pesimista era adecuada, ya era más que evidente que ambos teníamos marcado el día como gris.


- Que me vas a contar. En fin, la verdad es que no me vendría mal una charla. Hace poco que rompí con una chica...

- En ese caso, no hay nada mejor que un desconocido imparcial para desahogarte, ¿no crees? Los amigos en estos casos suelen intentar animarte, insultar a la que te ha dejado, cosas así. Yo te aseguro que no voy con ese rollo.

- Ya veo. Si dices que coleccionas anécdotas, estarás acostumbrado a hablar con la gente. Es una buena forma de enterarte de cosas, pero la experiencia se gana andando, y no sentado.

- Buena observación. Intuyo que eres universitario. Y sí, estoy de acuerdo, es uno de los temas más recurrentes en las mentes humanas. Pero es curioso que por mucho que se lo repite la gente son muchos los que andan y pocos los que corren. Es fácil decir u oír que hay que salir y vivir la vida, aprovechar todas las oportunidades, explorar y actuar como los valientes y no quedarse en casa viendo la tele tirado en el sofá. La gente se lo toma al pie de la letra, cuando lo importante es evitar la rutina, no buscarla en las calles.

- Si, la gente está muy acostumbrada a decir que es lo correcto y luego hacer lo contrario. Yo también pito a los que se saltan una rotonda y luego soy el primero que lo hace.

- Exacto.

Raquel llegó con mi café y unas tortitas con nata y sirope de caramelo.

- Eres un cielo, ¿lo sabías? - le dije recuperando la sonrisa.

- Estoy harta de escucharlo, la verdad. Además solo estás contento porque has encontrado a alguien con quien pasar la mañana. - miró a mi entrevistado con curiosidad y le sonrió.

- Así que le conoces, lo que quiere decir que este tipo no ha salido de un programa malo de cámara oculta.

- No tendrían tanta imaginación como para inventar a alguien como Félix, te lo aseguro.

- Me lo tomaré como un cumplido, Raquel.


La joven y hermosa camarera se marcha sin mirarme a la cara. Está enfadada por lo que dije del desamor, seguro. Una chica como Raquel es sentimiento puro, un libro abierto que no tiene miedo a expresar como se siente en ningún momento. En su día fue una de mis conversaciones de colección, y desde entonces frecuento la cafetería para deleitarme con su belleza. Soy quizá demasiado borde, y ella bastante respondona, pero ya me ha dejado caer un par de veces que tiene intenciones de cortejo conmigo. La idea de enrollarme con una chica como ella no es solo melosa, sino casi irresistible. Pero me cae demasiado bien como para tenerla de ligue eventual o para hacerle daño. Si se me ocurriera intentar algo con ella, tendría que ser en serio.

- ¡Eh! ¿Has perdido el norte? Te has quedado embobado mirando a la camarera...

- ¿Y acaso te extraña? Por cierto, aún no me has dicho tu nombre.

- Llámame Pedro. Y como dijiste antes, soy universitario.

- ¿Y qué estudias?

- Derecho. ¿Y tú? ¿Trabajas o te pasas las mañanas hablando en el bar?

- Claro que trabajo. Por las tardes en la Casa del Libro. Los sábados los dedico a pelearme con la máquina de escribir o con mi editora.

- Entonces vas en serio con lo de escribir.

- Claro. Tengo ya un par de libros en trámites. No vas a encontrarme en la estantería de los best-seller, pero no lo hago nada mal. Sea cual sea el precio que le pongan a mis obras, será lo que valen.

- Me lo apuntaré para el futuro.

- Me alegra oír eso. Quizá ahora que nos conocemos un poco más te apetezca contarme lo importante.

- Es cierto que cuando una cosa ocupa toda tu cabeza hablar de temas banales se hace tedioso. Bien, te contaré mi historia, pero no es nada del otro mundo, lo típico que puede pasarle a millones de tíos con las mujeres.

- Me dijiste que habías cortado con tu novia.

- Sí...Hace una semana ya. Aunque ya estaban las cosas mal de antes, habíamos hablado de darnos un tiempo.

- Eso suena mal. No digo que sea en tu caso, pero cuando empiezan los altibajos, las relaciones suelen estar acabadas.

- Yo no creo que sea así. Las segundas oportunidades existen, tío. Y yo...creía que lo estaba haciendo bien. Pero la veía últimamente tan poco...joder. Ya no sé si pensar si me ha dejado por otro.

- Eso depende de ella. Pero si es buena chica, dudo que haya sido por eso.

- Lo es. La mejor que he conocido. ¿Y ahora me la tengo que sacar de la cabeza? Es imposible. - Pedro soltó una risotada, como si no se creyera lo que decía. Algo que yo entendía perfectamente.

- Imposible...No digas chorradas. Seguro que pensabas lo mismo de la anterior tía que te tenía babeando. Es posible que esta fuera mejor, pero mira, por lo menos has probado el pastel y no te has quedado observándolo desde el escaparate. Siéntete orgulloso de eso.

- Hablas como si fueras de los que se quedan mirando.

- Hablo como alguien que ha sido de los que se quedan mirando, sin duda. Hasta que perdí el miedo a entrar a la tienda. Y ya te digo por experiencia que son más los que miran, se lamentan y siguen caminando, que los que le echan un par de huevos. Y me refiero a chicas que quitan el hipo, que enamoran a cualquiera, de esas que puedes pensar que solo se fijarían en príncipes azules de apariencia.

- Todo eso está muy bien. Pero lo mío se ha acabado, y es peor haber probado el pastel, querer más y quedarte sin él.

- Mejor dejamos el rollo de los pasteles a un lado, que se nos va la pinza. ¿Entonces es esa tu mayor preocupación ahora mismo?

- Pues sí, tengo suficiente con eso. Además, ahora que comienza el curso, la veré todos los días.

- Genial, es compañera de clase. Pues yo lo que haría en tu caso es irme de borrachera esta noche, levantarme mañana como si hubiera terminado un capítulo de mi vida y dedicar un poco de tiempo a mí mismo. Cómprate un libro, da un paseo, habla con tus padres, replantéate tu futuro, queda con tus amigos, diviértete, y procura pensar poco en ella. Tienes que pasar página, asúmelo y sigue adelante. Y cuando vuelvas a echarte novia, hablamos. ¿Te parece un buen trato?

- Me parece la típica charla que me daría mi padre, pero va. Ya te dije que no suelo venir mucho por aquí, pero...quizá nos encontremos un día de estos.

Me terminé la primera tortita y el café para cuando Pedro decidía marcharse y seguir con su vida. Me erguí en el asiento y miré a través del cristal. La ciudad estaba nublada, la gente se mezclaba en la calle en silencio, cada uno de ellos con sus pensamientos. Tantas historias enlazadas. Sentimientos humanos...todos iguales y a la vez distintos. Lo mismo nos ocurre a todos con certeras pinceladas circunstanciales. Y de repente comencé a reflexionar sobre el amor y en lo que estuve hablando con ese chico. Eché un vistazo al interior del bar y me centré en un posible próximo interlocutor. Raquel se paseaba de mesa en mesa mirándome de reojo de vez en cuando.

Pensar en mi historia otra vez era doloroso y triste. Y me planteé seguir mi propio consejo, por lo menos en lo de la borrachera.