Soy el resultado de sueños que jamás desaparecieron y desilusiones que resquebrajan el alma
lunes, 13 de septiembre de 2010
domingo, 5 de septiembre de 2010
Cluedo (Parte final)
Bueno...parece que al final lo he terminado y todo. Y es quizá la primera vez que comienzo a escribir una historia y la acabo. Comenzó como una gracia y al final se ha convertido en un experimento divertido y absorbente, muy recomendable para todo aficionado a la escritura. Agradezco a todos los que me han leido su interés y su apoyo, y ya sabeís...ahora toca grabar...(xD) Los personajes evolucionaron, lo creais o no, en mi mente a medida que iba escribiendo, y al final los convertí en personas diferentes a sus semejantes en la realidad...Por algo de hecho he introducido nombres inventados, para abstraer un poco la historia y poder moldearla como a mi me gustara sin que a nadie le incomodara el resultado. Si os veis un poco "ofendidos" (sobre todo en los casos de Jaso y Toni xDDD), ya os digo que no voy a tocar lo personal, todo ha sido imparcial, si bien os he tomado como clara referencia en muchos aspectos, para que os pusiérais cara mientras leíais y para daros un poquito de caña con pequeñas cosas (No os quejeis de caña, que empecé conmigo mismo al matarme al principio xD)
He terminado de la forma que tenía pensada desde un comienzo, si alguien ofrece alguna reclamación o duda sobre el final, ya pensaré si pasar de ello o debatirlo. Aunque conociéndome, al final me quedaré calladito :). Un saludo a todos, y si alguien no ha leido, ¡que lea!
Un saludo especial a Juan Pereiro,Aida y a mi hermano, todos rellenaron mi joven vanidad para seguir escribiendo y dejar mi imaginación a su bola. Los primeros con sus comentarios, el segundo con su pesadez para que me dara prisa con las entregas.
8. El Asesino
El reputado cazador Lockslo T. Mclovin comenzaba a ver doble mientras avanzaba por los pasillos de la casa. "Tengo que beber menos", se repetía dando tumbos y agarrándose a las paredes. Se paró un momento junto a la biblioteca, intentando centrar la visión. Tras unos segundos creyó oír unas voces dentro. La puerta estaba entreabierta. Se asomó intentando emplear todo el sigilo del que disponía y pronto reconoció las voces de Anthony Kant y Alexander Ruibobille.
- ¿Y encima lo tienes apuntado en tu dichosa libreta? - decía Ruibobille con tono de estar sorprendido.
- No tengo problemas con eso, Alexander. - sonaba la siempre tranquila voz de Kant.
- Allá tú. Yo me guardaría de revelar mis secretos en trozos de papel que llevo a todos lados...
- Bueno, supongo que en eso nos diferenciamos bastante. Tú tienes siempre miedo de revelar tus inquietudes y de demostrar lo que sientes, actúas a las espaldas de todos. Lo único que vas a conseguir es morir sólo...
- Vaya, gracias por tu interés, apúntalo en tu libreta, no vayas a olvidarlo. - respondió con brusco sarcasmo.
- ¿Puedes contarme a que vino tu enfado en la mesa? - preguntó Kant tras unos segundos en silencio.
- Las tonterías de Lewis...Tras tantos años sigue con el mismo plan, siempre buscando la manera de ganar dinero fácil a costa de otros. Un día de estos alguien le devolverá la jugada...
- Podrías decir eso también por mi, ¿no? Ya sabes que suelo agregarme con asiduidad a los proyectos de Janson.
- Y ni siquiera entiendo a que jugáis. Si estallé esta noche es porque se ha pasado de la raya, y encima lo cuenta como si cualquier cosa, como si no albergara remordimientos... - Las palabras pesaban en la garganta de Alexander conforme las iba pronunciando.
- Remordimientos...Uno de los sentimientos más débiles y rastreros de la humanidad. Demuestran la poca fuerza de voluntad que nos caracteriza a la especie humana, ¿no crees? Sentir culpa por acciones que podríamos sencillamente haber evitado. Lewis puede hacer lo que quiera mientras tenga la conciencia tranquila...Los remordimientos son un castigo por nuestros pecados, por los verdaderos pecados, puesto que sólo cuando sentimos remordimientos es cuando realmente hemos obrado mal.
- ¿De veras? ¿Podrías entonces matar a una persona y luego no ser atacado por la culpa?
- Eso significaría que la persona en cuestión merecía morir...
- No sabes lo que dices, Kant.
- Claro que lo sé, Alexander. Todos pagamos por nuestros pecados, con o sin remordimientos en nuestra conciencia. Y creo firmemente en que al final, tenemos lo que nos merecemos...
- ¿Ah, sí? ¡Díselo a Mara, Kant! ¿Crees que ella se merecía morir? ¿Merecía yo verla morir sin poder hacer nada? ¡No tenemos lo que nos merecemos, nadie lo tiene!
Sin decir nada más, Alexander salió a zancadas de la biblioteca. Mclovin se pegó a la pared, casi confiando en que con suerte pasaría desapercibido. Ruibobille salió con furia en los ojos, descubrió a Mclovin y le dio la espalda camino de su despacho.
Kant, con mirada impasible y una copa en la mano, se acercó a la mesa central de la biblioteca y apoyó su mano libre en los documentos de Alexander. Cerró el puño con rabia y tiró la copa al suelo. El loro se despertó y comenzó a parlotear.
- ¡Yo lo maté! ¡Yo la maté!
- ¿Acaso yo sí merecía ver a mi hermana muerta por tu culpa...? - susurró Anthony Kant en la tenue oscuridad.
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Las mujeres paseaban lentamente mientras charlaban sobre el caso, sobre sus sospechas y sobre Ruibobille. Noelesia y Aidha lideraban la marcha, confiando en encontrar pronto a sus maridos y echarles la bronca de sus vidas. Rosaline permanecía en silencio, con su cara de porcelana y las manos juntas, mientras Martina pretendía hacer buenas migas con la condesa Mclovin, por si conseguía que le ofreciera trabajo ahora que Alexander ya no estaba. Lucynella iba la última, mirada ausente pero con paso decidido. A pesar de estar profundamente sumergida en sus pensamientos, fue la primera que oyó el disparo.
- ¿Qué ha sido eso? ¿Un disparo? - acertó a decir intentando recordar de dónde venía.
- ¡Mantengamos la calma! El recibidor está cerca, deberíamos movernos hacía allí. - gritó Aidha con tono tranquilizador.
- ¡Creo que el disparo venía del comedor! - dijo Martina sin prestar mucha atención a la proposición de Aidha.
- ¡Entonces al comedor! - volvía a gritar Aidha y sin esperar ni un segundo comenzó a moverse a paso ligero. Martha y Rosaline no se lo pensaron dos veces antes de seguirla. Martina miró a Noelesia y a Lucynella buscando en sus miradas algo de sentido común. Pero ambas también salieron disparadas en dirección al comedor. La ex cocinera de Ruibobille se quedó momentáneamente paralizada, hasta que cayó en que mucho peor que acudir ante el sonido de un disparo es quedarse sola en un sitio dónde se oyen disparos.
El detective Joao A. Pereiro (Lopeiro) se agachó con intentos vanos de buscar algún rastro de vida en el cuerpo inerte de Anthony Kant. En su mirada se adivinaba la decepción, la pena y el cansancio. No había furia ni odio, aquella larga noche comenzaba a derrotar al portugués. Se levantó lentamente y miró al resto, todos evitando mirarse unos a otros. La mayoría dejaron sus armas caer de sus manos.
- ¿Cómo hemos llegado a esto? - dijo y luego se acercó a la puerta.
- Ya...ya no hay vuelta atrás...Estaba confesando...ese mal nacido mató a Ruibobille... - Mclovin miró al general Spinello buscando su apoyo. No sólo lo encontró en su rostro, sino en el de Xabier Ruibobille, en el del profesor Garcis y en Piñavera.
- Sólo había dicho que escribió las amenazas... - dijo Pereiro de espaldas a todos los presentes con la cabeza gacha.
- ¡Por Dios, Pereiro! ¿Y realmente necesitabas algo más? Ambos hemos leído esas cartas, y estábamos totalmente convencidos de que su autor era el responsable de la muerte de mi hermano, Sólo teníamos que encontrarle, descubrirle, y lo hemos hecho... - dijo Xabier acercándose a Pereiro.
- ¿Y en que momento dije que luego lo matáramos? ¡Maldita sea, es que ni siquiera había terminado de confesar! - Pereiro se volvió al auditorio con incredulidad.
- ¿Y que más da? ¿Qué ibas a hacer, Pereiro? ¿Meterlo en la cárcel? Merecía morir, esa es la verdadera justicia en la naturaleza. - volvió a defender Mclovin, el único que seguía sosteniendo su arma quitando a Spinello.
- No estamos en la naturaleza, ¿es que os habéis vuelto locos? ¡Se supone que somos personas civilizadas y no animales que matamos sin contemplaciones! - todos miraban al detective en silencio. Nadie parecía tener la mínima objeción en contra de la ejecución que acababa de tener lugar.
- Ya no se puede hacer nada, Pereiro. El caso ha acabado, hemos vengado a Alexander. Creo que va siendo hora de que volvamos a nuestras casas... - sostuvo Spinello con autoridad.
- ¿Y ya está? No importan los motivos de las amenazas, los motivos de Kant, no importa que Piñavera tuviera en su cuarto la combinación de la caja fuerte de Alexander, no importa...
- El cadáver de Ruibobille ha desaparecido. - cortó Garcis de repente.
Todos lo miraron inmediatamente y las preguntas comenzaron a atropellarse unas a otras. Tras poner algo de orden por parte de Spinello, Piñavera y Garcis explicaron lo que vieron en la bodega.
- Esto cambia las cosas, deberíamos buscarlo. - anunció Pereiro casi poniéndose en marcha.
- ¿No puede andar muy lejos, no? Puede encargarse la policía, Pereiro. Nosotros ya hemos pasado bastante. - dijo Mclovin, expresando lo que la mayoría pensaba.
Pereiro los miró, uno por uno. Todos guardaban silencio, un silencio que no iban a romper. Ni siquiera pensaron en que Mclovin había matado a alguien y merecía un castigo por ello, lo descartaron por completo. De repente sintió que allí ya no pintaba nada. Sus sospechosos, que durante toda la noche fueron retenidos en nombre de su autoridad, volvieron a convertirse en los invitados de Alexander Ruibobille...Y Pereiro recordó que no había asistido a esa fiesta como uno de ellos...La justicia se convirtió en su justicia, la adrenalina se derritió y sus fuerzas se acababan. Todos estaban cansados y ya habían formulado un veredicto. Pereiro comprendió en pocos segundos que llevarles la contraría no iba a ser una buena idea, aún teniendo a Bifouf y a Pepelieu de su parte.
Aidha llegó en ese momento, abrazó a su marido y contempló horrorizada el cadáver de Kant. El resto llegó poco después, y toda conversación sobre el asesinato de Alexander Ruibobille quedó por anulada. Todos decidieron volver al salón, que alguien fuera a buscar a Daniels y a Janson y dar la velada por terminada de una vez. Rosaline se ofreció voluntaria para buscar a los doctores. Lecumlora permaneció un rato en silencio mirando a Kant. Una vez todos salieron del comedor, Pereiro se acercó a ella.
- ¿Está bien? - dijo con amabilidad.
- Si, si. No se preocupe. Es que se hace raro, extraño...Kant y Alexander, también se conocían desde la infancia. No puedo creer que...¿Descubrirá lo que pasó, verdad Pereiro?
- No lo dude, baronesa. No pienso salir de esta mansión hasta que lo haga...
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Alexander terminaba de leer la última de las cartas anónimas que había recibido cuando llamaron a su despacho. Aún seguía adormilado y la luz de la mañana y el piar de los pájaros no impedían que se sintiera viviendo en una noche eterna. Lucynella entró con su radiante sonrisa y sin esperar a que Ruibobille se levantara de su escritorio se acercó a abrazarlo.
- No te esperaba tan pronto...De hecho, no te esperaba a ninguna hora...
- Muy gracioso. Veo que has trasnochado de nuevo...
- Ya sabes que no es lo mío eso de dormir apaciblemente por las noches, como sí ocurre en tu caso.
- ¿Cómo te encuentras? - preguntó la baronesa cambiando el tono.
- Como siempre, Lucy...Si, ya sé que no puedo cambiar el pasado, ya sé que tengo que seguir adelante...Ya ni siquiera es ese el problema...
- ¿Entonces?
- Yo...No importa, no quiero preocuparte. Estoy harto de ser un alma en pena. No quiero más compasión en la mirada de la gente, no quiero que me compadezcan más...no quiero, no quiero que lo hagas tú...
- ¡No digas tonterías! ¡Sabes que estoy contigo para lo que sea! Sabes que todos lo estamos, y no porque te compadezcamos...
- A veces solo quisiera volver a empezar otra vez...pero cuanto más lo pienso antes me doy cuenta de que es imposible...Ya no puedo cambiar lo que hice o lo que no hice, ya es tarde para mí.
- No digas eso, estúpido. Aún te queda mucha vida por delante, acabarás superándolo todo y volverás a ser el de siempre. Te obligaremos si es necesario.
- Ojalá, Lu...Por cierto, siento haberte gritado el otro día, de verdad...
- No pasa nada. Por mí está olvidado. ¿Cenamos esta noche en casa de Lewis?
- Sí, claro. Todo lo que sea con tal de aprovecharnos de él. - sonrió Alexander.
- ¡Eso es lo que quería oír!
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Magnus P. Daniels rozaba con la yema de los dedos los libros de las estanterías. Cuando llegó al que buscaba, dejo su mano sobre él y lo empujó hasta el fondo. Un fuerte sonido mecánico precedió a la apertura de un pasaje secreto en una de las estanterías de la biblioteca. Cargó al difunto Lewis Janson y lo lanzó a través de la oscuridad rebelada por aquel pasadizo. Tras encargarse completamente de que nadie pudiera encontrar al fallecido doctor en biología, volvió a la seguridad de la biblioteca. Volvió a empujar el libro y retornó a su posición original. Al darse la vuelta se paró en seco al comprobar que alguien lo observaba desde la puerta.
- Me has asustado, Rosaline. - dijo sonriendo.
- Janson... ¿Dónde está? - acertó a preguntar con timidez.
- No te preocupes más por Janson. No volverá a molestarte... - Daniels se acercó a la mesa y cogió el revólver de Lewis. Luego se acercó a Rosaline, la abrazó y la besó.
- Kant...está muerto. Lo mató Mclovin...Todos parecen estar seguros de que mató a Ruibobille... - le comunicó Rosaline con preocupación.
- ¡Vaya! Entonces todo ha salido mejor de lo que esperaba. ¿Sabes? Al principio llegué a pensar que Alexander solo estaba borracho...Luego llegó el maldito de Lewis para acelerar los acontecimientos...
- ¿Por qué llamaste a Pereiro?
- ¿No hablamos ya de ello? ¿Qué es lo que te pasa? Deberías estar contenta, todo ha salido cómo queríamos. Ahora nos iremos cómo si nada hubiera pasado y empezaremos de nuevo.
- Hablas cómo si no te importara lo que le ha pasado a Ruibobille...Yo, le conté a Aidha que estuve curioseando en las cosas de Alexander...Puede que sospechen algo de mí.
- Ni siquiera voy a preguntar por qué contaste eso. No dirías nada del testamento, ¿verdad?
- No, no. Claro que no. Sólo me preguntaba si...si realmente hemos hecho lo correcto...
- Claro que sí. Esto era lo mejor que podía suceder a estas alturas...Salvamos a Alexander de sí mismo. Y de que se descubriera la verdad.
- Pereiro seguirá investigando...Averiguará lo que Ruibobille hizo a través de las cartas de Kant...
- Puede...pero en realidad eso nos interesa. No olvides que Pereiro también era íntimo de Alexander. Lo convenceremos para que guarde silencio. Todos lo harán, cómo lo teníamos previsto. Los secretos de Alexander Ruibobille se quedarán en esta mansión...Para siempre...
- Eso espero...Pereiro me mandó para buscaros a Janson y a tí para volver al salón. ¿Qué le decimos sobre él?
- Lewis Janson simplemente decidió marcharse una vez se descubrió al asesino de Ruibobille...
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- No me estás escuchando... - le reprochó Daniels a Alexander cuando comprobó que tenía la mirada perdida.
- Perdona, Daniels. Estoy algo cansado...
- Alexander...Sé lo que pretendes...Sé que pretendes reunirte mañana en la fiesta con Kant para hablar de las amenazas...
- No intentes disuadirme de eso. ¿Crees que no lo he pensado ya lo suficiente? Yo la maté...Fue mi culpa, Magnus...Resulta irónico, ¿verdad? Ese maldito loro no hace más que recordármelo. Junto a las cartas...
- Por favor, el loro ni siquiera reconoce la diferencia entre el género masculino y femenino...Escúchame detenidamente...vale que no voy a impedir que cambies de opinión...y te apoyaré, incluso en esto...Mañana no mencionaré el tema, haré como si no pasara nada...
- Gracias, Daniels...Sabía que podía contar contigo.
- Sigo sin estar de acuerdo en lo de Kant... ¿Qué ibas a pedirle?
- Perdón...Entendería que no me lo otorgara, pero necesito intentarlo...esto sí debo intentarlo...No cómo cuando éramos críos, ¿recuerdas?
- Echábamos a suertes cada fin de semana quien tenía que declararse a las chicas, y al final ninguno lo hacía. Bueno, tú lo hiciste una vez...
- Y funcionó, aún no sé como...
- ¿Te arrepientes de no haberlo hecho antes?
- ¿Te refieres a Mara o...?
- Ambas...
- No lo sé...Ahora eso no tiene importancia, y lo sabemos.
- Siento que todo acabara así...Con toda mi alma...
- Lo sé, Daniels...Ahora lo veo todo desde fuera. Y creo que, me siento en paz por primera vez en años...por haber tomado esta decisión por mí mismo...
- Supongo que al final, es eso lo que más importa...
- ¿El qué?
- Conseguir la paz con uno mismo...
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Pereiro era incapaz de calcular todo el tiempo que había pasado. Miró de reojo la butaca y luego comenzó a moverse por todo el salón. Tenía que acabar con aquello y no dejar que el cansancio lo venciera. Todos estaban allí, el doctor Daniels ya había aparecido. Le extrañó que Lewis Janson desapareciera sin despedirse de nadie, si bien por lo que Alexander siempre le contaba de él no era precisamente una conducta difícil de asumir por su parte. Los observó a todos uno a uno, todos cansados y con miles de pensamientos en sus mentes. Ya no servía de nada retenerlos allí, quien quisiera podía irse. Aún quedaban respuestas, pero todo se encontraba en esa mansión. Pepelieu y Bifouf ya le habían anunciado su intención de quedarse, al igual que Xabier Ruibobille, Rufus Piñavera y el doctor Daniels. Todos los invitados cotidianos de Alexander Ruibobille esperaban sus palabras, si bien muchos de ellos no le prestarían demasiada atención.
- Bien, no hay mucho que decir que a estas alturas no sepáis todos...Ha sido una noche dura, muchas las emociones...Apenas nos ha dado tiempo de asimilar el dolor por la pérdida de Alexander...y os he obligado a permanecer aquí en contra de vuestra voluntad...
- Ninguno de nosotros iba a marcharse sin saber que ocurrió con Alexander... - dijo Lucynella con ánimo de apoyarle.
- Las cosas se han torcido, pero ya no podemos volver atrás, obviamente. Sólo me queda despedirles y dejarles descansar...Comprendo que quieran reservarse para ustedes todo lo ocurrido aquí esta noche...Yo mismo ya he charlado con el doctor y prometo no revelar nada de lo que sé y de lo que pueda descubrir...Lo que hizo Ruibobille, hecho queda, y no honraremos su memoria de mejor forma que recordándolo tal y como se mostraba ante nosotros. Esa es mi última petición...
- ¿Y qué ocurrirá con el cuerpo de Kant? ¿Y Ruibobille? - chilló Aidha con su natural júbilo.
- De Kant nos encargamos nosotros. Y respecto a Ruibobille...lo buscaremos sin falta... - respondió el doctor Daniels mirando a los que se quedaban.
Comenzaron las despedidas y los abrazos, los apretones de manos, algunos cordiales, algunos vacios. Mclovin le dio una palmada en la espalda al detective a modo de agradecimiento. Spinello apartó a Daniels y le susurró algo al oído. La "generala" Aidha abrazó a Pereiro y le agradeció que se quedara. De la Rouge se quedó momentáneamente admirando la decoración de la mansión. De repente recordó algo y sonrió. "Adiós, Ruibobille" dijo, y abandonó la mansión junto a su esposa. Lucynella le preguntó a Daniels por Lewis, extrañada por su forma de desaparecer. Daniels la esquivó con facilidad y la despidió cordialmente. Luego, la baronesa abrazó a Xabier. "Para lo que necesites..." le dijo, y lo despidió con la mejor de sus sonrisas. Garcis resopló y cayó en que seguía guardando el cuchillo. Lo soltó y se despidió de Rufus, jurándole que no le revelaría a nadie lo que le contó. Luego, silbó y su gato apareció de la nada. Se lo subió al hombro y se fue, no sin antes comprobar que seguía guardando las hierbas en su bolsillo. Rosaline abrazó a Daniels y luego se marchó junto a Martina, ambas contratadas por Martha Mclovin.
Pereiro salió a tomar el aire, por primera vez en varias horas. El frescor de la noche le permitió rejuvenecer unos instantes. Sacó su pipa y bajo los escalones de la entrada, mirando al cielo estrellado. Lecumlora se acercó a él para despedirse.
- Siento toda la brusquedad que haya podido ofrecerle, Pereiro. Supongo que lo entenderá...
- Claro, claro, no se preocupe. Además, después de tanto tiempo uno se acostumbra al hecho de no caer siempre bien. Ya sabe, meternos en la vida de la gente con tal de encontrar la verdad...Todo sería más sencillo si nadie ocultara nada...
- Entonces se quedaría sin trabajo, ¿no? - rió débilmente Lucynella.
- Supongo. Por cierto, una última pregunta, Lucynella...
- Usted dirá, Joao.
- ¿Cómo...cómo era Mara Cornuelles? No tuve el placer de conocerla en persona...
- Era...fuerte de carácter...La verdad es que ella y yo nunca llegamos a congeniar del todo. No parecía ver con buenos ojos mi relación con Alexander, ya sabes. Era muy amable, muy risueña, tenía ambiciones...Pero también celosa...
Pereiro sonrió en la oscuridad y la pregunta se le escapó casi automáticamente.
- ¿Y lo era con razón?
Lucynella lo miró, y el fuego de la pipa le permitió a Pereiro verla sonreír.
- Buenas noches, Joao. Manténgame informada con lo que averigüe, por favor...
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- ¿Estamos todos? - dijo Daniels con la más seria de sus expresiones.
- Si. No he creído conveniente involucrar a nadie más, como comprenderás, Magnus. - soltaba el general Spinello mientras se acomodaba en su lugar preferido. En la sala, aparte de él mismo y Daniels, sólo estaba Rosaline, y por su semblante demostraba que no precisamente por deseo propio.
- Lo entiendo, general. Rosaline me lo dijo nada más encontrar aquello y al final, el mismo Ruibobille me acabó contando sus planes. Tal y como están las cosas, necesitaba contar con su ayuda...Todo esto es bastante...delicado.
- Lo comprendo, sin ninguna duda. Debo reconocer que me sorprendió enormemente lo que me dijo y lo que pretende hacer...Aunque dadas las circunstancias, admito que me puse inmediatamente de su parte. Me ha costado decidirme moralmente pero...estoy totalmente dispuesto a ayudarlo, doctor.
- Gracias, general. Entiende pues qué en cierta manera debemos contarle una verdad a medias a Janson. Mejor mientras mas confiado se encuentre en la fiesta...
- Claro. Cuéntele lo que crea conveniente...Respecto a Kant...Yo me encargaré de vigilarlo.
- En cuanto Lewis y yo tengamos la libreta, todo lo demás se escribirá sólo. Kant descubrirá que alguien le ha tendido una trampa y se pondrá nervioso. Actuará sin pensar, puesto que en cualquier momento aquellos que manipularon sus escritos podrían avisar a Pereiro para que la revisara.
- ¿Tan seguro está de poder implicar a Pereiro en todo este asunto?
- Lo he planificado todo, sin duda. Es una oportunidad de oro... - Daniels miró a Rosaline con cierta tristeza. - Desearía con todas mis fuerzas poder resolver esto de otra manera, pero la desesperación me obliga a intentarlo o caer...
- No se preocupe por eso, Daniels. Le ofreceré inmunidad. A usted y a Rosaline. Yo mismo encerraría si pudiera a esos dos...indeseables...
- Con que nos ofrezca algo de tiempo para salir del país, le estaré eternamente agradecido, Spinello.
- ¿Le contó a Kant lo de los pasadizos?
- Claro. Incluso le indiqué la entrada de varios de ellos. Pero nada de la salida de la mansión. Si decide internarse en ellos, se perderá. Y acabaremos encontrándolo...Espero que para entonces ya haya enfurecido bastante a Mclovin.
- Sino yo mismo le meteré una bala entre ceja y ceja. Anthony Kant no volverá a estafar a mi familia ni a ninguna otra...
- ¿Es cierto lo que escribió Alexander, Magnus? - preguntó Rosaline sin dejar de mirar el suelo.
- ¿A que te refieres? - preguntó Daniels con cierta cautela.
- Qué es responsable de la muerte de la hermana de Kant...
Daniels suspiró y miró a Spinello. - Me temo que sí...Ese maldito proyecto, lo sumergió en un mundo horrible. Secuestraron a la hermana de Kant días después de que Ruibobille aprobara el proyecto. El necio ni siquiera pidió explicaciones sobre sus métodos...Kant lo descubrió, siempre se ha movido entre las altas esferas, pero para cuando localizó a su hermana ya fue demasiado tarde. Comenzaron las amenazas...y el tormento de Alexander.
- ¿Y qué pretende Alexander reuniéndose con él? - soltó Spinello refunfuñando.
- Obtener su perdón. Se conocen desde pequeños, General. Cree que se lo debe.
- ¿No nos arriesgamos a que intente tomar represalias?
- Es posible...pero Alexander no es estúpido. No me preocupo por eso. Peor es...
- ¿El qué? - preguntó el general, impaciente ante el silencio de Daniels.
- Nada, nada. Hablaba en voz alta...
- Magnus...tengo un mal presentimiento con todo esto...- le dijo Rosaline mirándolo a los ojos.
- No te preocupes...todo saldrá bien, lo prometo.
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Reunidos en la biblioteca, Pereiro, Xabier, Bifouf, Piñavera, Daniels y Pepelieu removían y amontonaban todos los documentos de la investigación y el proyecto de Ruibobille. Daniels le resumió a todos en qué consistía el proyecto, les habló de la eugenesia y de la enfermedad de Mara Cornuelles. Les habló de Anthony Kant y de su sed de venganza, de las amenazas y su interés por atormentar con ellas a Alexander todo el tiempo que le fuera posible. Poco a poco, Pereiro comenzó a encontrar pruebas de que lo que decía Daniels era cierto. Revisó las cartas de la caja fuerte y no le fue complicado enlazar a Kant con todo aquello. La muerte de su hermana fue real, el mismo acudió al entierro, y recordó lo extraño de la ausencia de Alexander aquel día. Xabier se lamentó por no haberlo descubierto antes, de no haber descubierto a Kant antes de que matara a su hermano. Aunque en el fondo, el mismo acabó replanteándose su propia visión respecto a su hermano...Entendía lo de Mara, pero también entendía lo de la muerte de la hermana de Kant...Ambos fueron finalmente víctimas de la venganza, del dolor por la pérdida y de la desgracia y la imposibilidad de escapar de aquello. Varias horas más tarde, llegaba el alba.
Los hombres se reunieron por última vez en el salón de la mansión de Almanzora. Rufus les preparó algo de café y charlaron un poco sobre lo que harían a partir de entonces.
- Llamaremos a algunos de nuestros contactos. Encontraremos el cuerpo de Alexander, esté donde esté. - anunció Pereiro antes de darle un sorbo a su taza humeante.
- Kant debió de esconderlo cuando todo se le vino encima para ocultar pruebas...
- Me cuesta creer eso en realidad, ya le habíamos pillado. ¿Para qué iba a preocuparse por algo así? - rebatió Bifouf mientras le acercaba a su perra una pasta. Daniels se aclaró la garganta y se acabó el café de una sola vez.
- ¿A nadie se le ha pasado por la cabeza que Ruibobille siga vivo? - era la voz de Pepelieu la que sonaba, y a todos le pareció irreal escucharle por segunda o tercera vez durante todo el evento. Lo miraron fijamente en silencio durante unos segundos, y Pereiro casi se atraganta con su segundo sorbo.
- ¿Pero qué está diciendo? Yo mismo lo comprobé. Alexander estaba muerto, y Pereiro también lo reconoció después. - decía Daniels soltando una risotada por lo absurdo que le sonó aquello.
- Bueno, debo de admitir que no le presté la atención que merecía a ese reconocimiento...No me fijé demasiado bien en sus heridas pero...si le tomé el pulso...y me pareció suficiente. Yo...nunca he llevado bien el interactuar con muertos...menos si encima se trata de un buen amigo...
- ¿Usted se dio inmediatamente cuenta de que Alexander había muerto? - le preguntó Bifouf a Daniels repentinamente para suavizar lo que dijo Pereiro. En cierta manera encontrarse en un grupo más reducido le hacía sentirse mucho más cómodo.
- No. - dijo el doctor con sinceridad. - Pensaba que estaba borracho...Luego apareció Janson y comprobó que no era así...
- Janson me dijo que parecía que usted buscaba algo. ¿Puede explicarlo? - dijo Pereiro súbitamente y la pregunta le sintió a Daniels como un puntapié.
- La confianza es lo que tiene, Pereiro...Buscaba su historial médico, que le envié semanas atrás e intuía que lo tendría en algún lugar de su escritorio. - "Por suerte lo que realmente buscaba ya no estaba allí gracias a Rosaline" pensó el doctor.
- En fin...parecemos los vestigios del epílogo de una novela sin final cerrado con tanta pregunta...Todos estamos cansados...Voto a tal que volvamos a nuestras casas. Tanto Bifouf como yo les informaremos de las novedades... - exponía un Joao A. Pereiro agotado. - Ah, un último brindis por Alexander Ruibobille, caballeros...
- Mi hermano tenía muchos secretos, tenía muchas manías, se enfadaba con facilidad y era lo suficiente bueno actuando como para disimular la gran mayoría de sus sentimientos...No era perfecto, los problemas llovían a sus espaldas y el drama lo persiguió hasta su final...Pero era mi hermano. Y lo quería. Ojalá le hubiera sacado todo lo que desconocía para poder apoyarle, para demostrar que estaba allí. Al menos espero que...durante el tiempo que pasó con Mara, fuera feliz...Por Alexander Ruibobille... - Xabier terminó de hablar y levantó una copa vacía por su hermano fallecido. Todos lo imitaron, y varios de ellos, incluyendo a otros tantos que ya se habían ido, juraron para sus adentros dejar el alcohol una temporada....Y lo hicieron...
9. Epílogo
Semanas más tarde, Joao A. Pereiro llegaba a su despacho en la ciudad acompañado de su ahora socio a tiempo completo Mannel Bifouf. Comenzó a mirar su correspondencia mientras Mannel se acomodaba en su escritorio personal.
- ¿Cómo ves la idea de hacer algo de deporte, Mannel?
- Bueno, ya sé de tu afición por ir a correr, Joao. Pero De la Rouge se te adelantó. ¡He decidido entrar en su equipo de rugby!
Pereiro lo miró con sarcasmo. Al comprender que su entusiasmo parecía veraz, continuó revisando su correo. Paró al reconocer la caligrafía de Xabier Ruibobille.
- Parece que el joven Ruibobille nos manda saludos.
- ¿No me dijiste que iba a crear una fundación en nombre de Alexander?
- Si, si. Lo hizo con la ayuda de la familia Lecumlora. Supongo que esta carta se trata de la tan esperada invitación para la inauguración.
- Perfecto. Me encantan las inauguraciones...
- Reza para que hayan entonces dos invitaciones, Mannel...
- ¡No me fastidies!
- Has tenido suerte - rió con ganas Pereiro. Pensó entonces en Lewis Janson y en que hacía tiempo que no sabía nada de él. Recordó inmediatamente lo que contó en la mansión de Ruibobille sobre su expedición al Amazonas.
En la carta, Ruibobille agradecía a Pereiro toda la ayuda prestada con el caso, la búsqueda y el encuentro del cadáver de su hermano. Confiaba a su vez que le informara de los datos obtenidos por la autopsia, que dejaron en manos de Daniels. Otra de las cartas era del general Spinello, que lo avisaba de sus intenciones de establecerse definitivamente en Londres y de visitarlo a menudo junto a su esposa. A Pereiro le entró un escalofrío. Sólo esperaba que la tirria de la "generala" hacia su persona hubiera mejorado.
- Nunca me contaste por qué te cogió tanta manía.
- Bueno, Fue algo tan simple como llamarla Aidha de Bormujos al conocerla...Es una mujer que no olvida fácilmente lo que se dice, al parecer...
Bifouf puso cara de no entenderlo. - Pero, ¿no es así cómo se llama?
- Para nada amigo. Su nombre completo para toda la sociedad es Doña Aidha Dulcinea Rosalinda Jimenea de Bormujano. Por lo visto los contactos que me informaron de su nombre no eran del todo fiables...Una chapuza en toda regla lo mío...
- Para la sociedad dices... ¿Y en confianza?
- Ah, bueno. En confianza sí que es Aidha de Bormujos.
Sólo quedaba dos cartas cuando sonó el teléfono. Pereiro descolgó y oyó la alegre y fanfarrona voz de Lockslo Mclovin.
- ¡Pereiro! ¡Te llamo para pedirte un pequeño favor de nada!
- Tiemblo al oír eso de pequeño...Lockslo.
- Verás, me marcho una temporada a Irlanda, al sur, y creo que tu conocías a un buen guía de allí.
- Sí, claro. Te daré el número. ¿Que se le ha perdido en Irlanda?
- La caza evoluciona, Pereiro. Ahora participo en torneos profesionales. Una ocasión perfecta para acribillar a unos pocos ciervos y humillar a unos cuantos irlandeses. ¡Ya te traeré alguna cabeza! ¡Gracias por el contacto!
- Bueno, no hace falta que me traigas... ¿Mclovin? Arghh...Ha colgado...
Bifouf sonreía y comenzaba a ordenar su escritorio cuando Pereiro volvía a hablar.
- Carta de Daniels...
Pereiro comenzó a leer la carta, de extensión abundante. En ella Daniels le contaba que ya se había mudado y le escribía la carta desde el sur de España. Rosaline estaba con él y las cosas parecían comenzar a mejorar. Había abierto una consulta y aunque le costaba habituarse a una vida mucho más austera y sin tantas comodidades, se sentía completo. Pereiro sonrió y miró la última carta. Era del forense con el que habló sobre la autopsia de Alexander Ruibobille. Tras encontrar el cuerpo, y con Daniels ya fuera del país decidieron actuar por su cuenta y hablaron con uno de los contactos más cercanos del doctor. Tampoco querían importunarle en esos primeros días fuera del país, asi que no lo avisaron de que encontraron el cuerpo ni de la idea de Pereiro de proceder a la autopsia.
- ¿Qué dice de la autopsia, Pereiro? ¿Pereiro?
Joao de repente puso una cara extraña y parecía estar leyendo varias veces las mismas líneas. Tras un rato haciendo gestos extraños, fue consciente de que Bifouf lo estaba llamando.
- Eh...perdona Mannel...es que no soy capaz de asimilar muy bien lo que estoy leyendo...
- ¿Qué pasa, recórcholis?
- El forense me cuenta que la autopsia se realizó con éxito....En fin, yo creo que...ehhhh... ¿no pone nada de que haya podido tratarse de un error por aquí?
- ¡Deja de decir tonterías, Pereiro! ¿Qué dice la maldita carta?
-...Parece que no hay ninguna duda...el informe del forense dice que Alexander estaba ya muerto antes de recibir las puñaladas...las cuales creíamos obra de Anthony Kant...dice que...encontraron veneno en su cuerpo...ingerido horas antes de ser encontrado muerto...
- ¿Cómo que veneno? ¿Qué se supone que significa eso, Pereiro? ¿Kant lo envenenó?
- No...Kant no pudo ser...no había llegado a la fiesta cuando el veneno ya estaba en la sangre de Ruibobille...
Mannel intentó saltarle con algo, pero Pereiro había dejado casi todos los cabos bien atados con la post-investigación, gracias en parte a los escuetos datos de la libreta de Kant, incluso la hora de llegada de todos los invitados, la hora de la muerte, y la situación de todos los invitados durante el intervalo de tiempo entre la subida de Ruibobille a su despacho y el momento en el que fue encontrado muerto.
- ¿Entonces...quién mató a Ruibobille? - preguntó Bifouf, sin ser consciente de que estaba levantado.
- Por primera vez en toda mi carrera profesional...no sé qué decir...- soltó Pereiro con total y perfecta cara de póquer.
He terminado de la forma que tenía pensada desde un comienzo, si alguien ofrece alguna reclamación o duda sobre el final, ya pensaré si pasar de ello o debatirlo. Aunque conociéndome, al final me quedaré calladito :). Un saludo a todos, y si alguien no ha leido, ¡que lea!
Un saludo especial a Juan Pereiro,Aida y a mi hermano, todos rellenaron mi joven vanidad para seguir escribiendo y dejar mi imaginación a su bola. Los primeros con sus comentarios, el segundo con su pesadez para que me dara prisa con las entregas.
8. El Asesino
El reputado cazador Lockslo T. Mclovin comenzaba a ver doble mientras avanzaba por los pasillos de la casa. "Tengo que beber menos", se repetía dando tumbos y agarrándose a las paredes. Se paró un momento junto a la biblioteca, intentando centrar la visión. Tras unos segundos creyó oír unas voces dentro. La puerta estaba entreabierta. Se asomó intentando emplear todo el sigilo del que disponía y pronto reconoció las voces de Anthony Kant y Alexander Ruibobille.
- ¿Y encima lo tienes apuntado en tu dichosa libreta? - decía Ruibobille con tono de estar sorprendido.
- No tengo problemas con eso, Alexander. - sonaba la siempre tranquila voz de Kant.
- Allá tú. Yo me guardaría de revelar mis secretos en trozos de papel que llevo a todos lados...
- Bueno, supongo que en eso nos diferenciamos bastante. Tú tienes siempre miedo de revelar tus inquietudes y de demostrar lo que sientes, actúas a las espaldas de todos. Lo único que vas a conseguir es morir sólo...
- Vaya, gracias por tu interés, apúntalo en tu libreta, no vayas a olvidarlo. - respondió con brusco sarcasmo.
- ¿Puedes contarme a que vino tu enfado en la mesa? - preguntó Kant tras unos segundos en silencio.
- Las tonterías de Lewis...Tras tantos años sigue con el mismo plan, siempre buscando la manera de ganar dinero fácil a costa de otros. Un día de estos alguien le devolverá la jugada...
- Podrías decir eso también por mi, ¿no? Ya sabes que suelo agregarme con asiduidad a los proyectos de Janson.
- Y ni siquiera entiendo a que jugáis. Si estallé esta noche es porque se ha pasado de la raya, y encima lo cuenta como si cualquier cosa, como si no albergara remordimientos... - Las palabras pesaban en la garganta de Alexander conforme las iba pronunciando.
- Remordimientos...Uno de los sentimientos más débiles y rastreros de la humanidad. Demuestran la poca fuerza de voluntad que nos caracteriza a la especie humana, ¿no crees? Sentir culpa por acciones que podríamos sencillamente haber evitado. Lewis puede hacer lo que quiera mientras tenga la conciencia tranquila...Los remordimientos son un castigo por nuestros pecados, por los verdaderos pecados, puesto que sólo cuando sentimos remordimientos es cuando realmente hemos obrado mal.
- ¿De veras? ¿Podrías entonces matar a una persona y luego no ser atacado por la culpa?
- Eso significaría que la persona en cuestión merecía morir...
- No sabes lo que dices, Kant.
- Claro que lo sé, Alexander. Todos pagamos por nuestros pecados, con o sin remordimientos en nuestra conciencia. Y creo firmemente en que al final, tenemos lo que nos merecemos...
- ¿Ah, sí? ¡Díselo a Mara, Kant! ¿Crees que ella se merecía morir? ¿Merecía yo verla morir sin poder hacer nada? ¡No tenemos lo que nos merecemos, nadie lo tiene!
Sin decir nada más, Alexander salió a zancadas de la biblioteca. Mclovin se pegó a la pared, casi confiando en que con suerte pasaría desapercibido. Ruibobille salió con furia en los ojos, descubrió a Mclovin y le dio la espalda camino de su despacho.
Kant, con mirada impasible y una copa en la mano, se acercó a la mesa central de la biblioteca y apoyó su mano libre en los documentos de Alexander. Cerró el puño con rabia y tiró la copa al suelo. El loro se despertó y comenzó a parlotear.
- ¡Yo lo maté! ¡Yo la maté!
- ¿Acaso yo sí merecía ver a mi hermana muerta por tu culpa...? - susurró Anthony Kant en la tenue oscuridad.
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Las mujeres paseaban lentamente mientras charlaban sobre el caso, sobre sus sospechas y sobre Ruibobille. Noelesia y Aidha lideraban la marcha, confiando en encontrar pronto a sus maridos y echarles la bronca de sus vidas. Rosaline permanecía en silencio, con su cara de porcelana y las manos juntas, mientras Martina pretendía hacer buenas migas con la condesa Mclovin, por si conseguía que le ofreciera trabajo ahora que Alexander ya no estaba. Lucynella iba la última, mirada ausente pero con paso decidido. A pesar de estar profundamente sumergida en sus pensamientos, fue la primera que oyó el disparo.
- ¿Qué ha sido eso? ¿Un disparo? - acertó a decir intentando recordar de dónde venía.
- ¡Mantengamos la calma! El recibidor está cerca, deberíamos movernos hacía allí. - gritó Aidha con tono tranquilizador.
- ¡Creo que el disparo venía del comedor! - dijo Martina sin prestar mucha atención a la proposición de Aidha.
- ¡Entonces al comedor! - volvía a gritar Aidha y sin esperar ni un segundo comenzó a moverse a paso ligero. Martha y Rosaline no se lo pensaron dos veces antes de seguirla. Martina miró a Noelesia y a Lucynella buscando en sus miradas algo de sentido común. Pero ambas también salieron disparadas en dirección al comedor. La ex cocinera de Ruibobille se quedó momentáneamente paralizada, hasta que cayó en que mucho peor que acudir ante el sonido de un disparo es quedarse sola en un sitio dónde se oyen disparos.
El detective Joao A. Pereiro (Lopeiro) se agachó con intentos vanos de buscar algún rastro de vida en el cuerpo inerte de Anthony Kant. En su mirada se adivinaba la decepción, la pena y el cansancio. No había furia ni odio, aquella larga noche comenzaba a derrotar al portugués. Se levantó lentamente y miró al resto, todos evitando mirarse unos a otros. La mayoría dejaron sus armas caer de sus manos.
- ¿Cómo hemos llegado a esto? - dijo y luego se acercó a la puerta.
- Ya...ya no hay vuelta atrás...Estaba confesando...ese mal nacido mató a Ruibobille... - Mclovin miró al general Spinello buscando su apoyo. No sólo lo encontró en su rostro, sino en el de Xabier Ruibobille, en el del profesor Garcis y en Piñavera.
- Sólo había dicho que escribió las amenazas... - dijo Pereiro de espaldas a todos los presentes con la cabeza gacha.
- ¡Por Dios, Pereiro! ¿Y realmente necesitabas algo más? Ambos hemos leído esas cartas, y estábamos totalmente convencidos de que su autor era el responsable de la muerte de mi hermano, Sólo teníamos que encontrarle, descubrirle, y lo hemos hecho... - dijo Xabier acercándose a Pereiro.
- ¿Y en que momento dije que luego lo matáramos? ¡Maldita sea, es que ni siquiera había terminado de confesar! - Pereiro se volvió al auditorio con incredulidad.
- ¿Y que más da? ¿Qué ibas a hacer, Pereiro? ¿Meterlo en la cárcel? Merecía morir, esa es la verdadera justicia en la naturaleza. - volvió a defender Mclovin, el único que seguía sosteniendo su arma quitando a Spinello.
- No estamos en la naturaleza, ¿es que os habéis vuelto locos? ¡Se supone que somos personas civilizadas y no animales que matamos sin contemplaciones! - todos miraban al detective en silencio. Nadie parecía tener la mínima objeción en contra de la ejecución que acababa de tener lugar.
- Ya no se puede hacer nada, Pereiro. El caso ha acabado, hemos vengado a Alexander. Creo que va siendo hora de que volvamos a nuestras casas... - sostuvo Spinello con autoridad.
- ¿Y ya está? No importan los motivos de las amenazas, los motivos de Kant, no importa que Piñavera tuviera en su cuarto la combinación de la caja fuerte de Alexander, no importa...
- El cadáver de Ruibobille ha desaparecido. - cortó Garcis de repente.
Todos lo miraron inmediatamente y las preguntas comenzaron a atropellarse unas a otras. Tras poner algo de orden por parte de Spinello, Piñavera y Garcis explicaron lo que vieron en la bodega.
- Esto cambia las cosas, deberíamos buscarlo. - anunció Pereiro casi poniéndose en marcha.
- ¿No puede andar muy lejos, no? Puede encargarse la policía, Pereiro. Nosotros ya hemos pasado bastante. - dijo Mclovin, expresando lo que la mayoría pensaba.
Pereiro los miró, uno por uno. Todos guardaban silencio, un silencio que no iban a romper. Ni siquiera pensaron en que Mclovin había matado a alguien y merecía un castigo por ello, lo descartaron por completo. De repente sintió que allí ya no pintaba nada. Sus sospechosos, que durante toda la noche fueron retenidos en nombre de su autoridad, volvieron a convertirse en los invitados de Alexander Ruibobille...Y Pereiro recordó que no había asistido a esa fiesta como uno de ellos...La justicia se convirtió en su justicia, la adrenalina se derritió y sus fuerzas se acababan. Todos estaban cansados y ya habían formulado un veredicto. Pereiro comprendió en pocos segundos que llevarles la contraría no iba a ser una buena idea, aún teniendo a Bifouf y a Pepelieu de su parte.
Aidha llegó en ese momento, abrazó a su marido y contempló horrorizada el cadáver de Kant. El resto llegó poco después, y toda conversación sobre el asesinato de Alexander Ruibobille quedó por anulada. Todos decidieron volver al salón, que alguien fuera a buscar a Daniels y a Janson y dar la velada por terminada de una vez. Rosaline se ofreció voluntaria para buscar a los doctores. Lecumlora permaneció un rato en silencio mirando a Kant. Una vez todos salieron del comedor, Pereiro se acercó a ella.
- ¿Está bien? - dijo con amabilidad.
- Si, si. No se preocupe. Es que se hace raro, extraño...Kant y Alexander, también se conocían desde la infancia. No puedo creer que...¿Descubrirá lo que pasó, verdad Pereiro?
- No lo dude, baronesa. No pienso salir de esta mansión hasta que lo haga...
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Alexander terminaba de leer la última de las cartas anónimas que había recibido cuando llamaron a su despacho. Aún seguía adormilado y la luz de la mañana y el piar de los pájaros no impedían que se sintiera viviendo en una noche eterna. Lucynella entró con su radiante sonrisa y sin esperar a que Ruibobille se levantara de su escritorio se acercó a abrazarlo.
- No te esperaba tan pronto...De hecho, no te esperaba a ninguna hora...
- Muy gracioso. Veo que has trasnochado de nuevo...
- Ya sabes que no es lo mío eso de dormir apaciblemente por las noches, como sí ocurre en tu caso.
- ¿Cómo te encuentras? - preguntó la baronesa cambiando el tono.
- Como siempre, Lucy...Si, ya sé que no puedo cambiar el pasado, ya sé que tengo que seguir adelante...Ya ni siquiera es ese el problema...
- ¿Entonces?
- Yo...No importa, no quiero preocuparte. Estoy harto de ser un alma en pena. No quiero más compasión en la mirada de la gente, no quiero que me compadezcan más...no quiero, no quiero que lo hagas tú...
- ¡No digas tonterías! ¡Sabes que estoy contigo para lo que sea! Sabes que todos lo estamos, y no porque te compadezcamos...
- A veces solo quisiera volver a empezar otra vez...pero cuanto más lo pienso antes me doy cuenta de que es imposible...Ya no puedo cambiar lo que hice o lo que no hice, ya es tarde para mí.
- No digas eso, estúpido. Aún te queda mucha vida por delante, acabarás superándolo todo y volverás a ser el de siempre. Te obligaremos si es necesario.
- Ojalá, Lu...Por cierto, siento haberte gritado el otro día, de verdad...
- No pasa nada. Por mí está olvidado. ¿Cenamos esta noche en casa de Lewis?
- Sí, claro. Todo lo que sea con tal de aprovecharnos de él. - sonrió Alexander.
- ¡Eso es lo que quería oír!
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Magnus P. Daniels rozaba con la yema de los dedos los libros de las estanterías. Cuando llegó al que buscaba, dejo su mano sobre él y lo empujó hasta el fondo. Un fuerte sonido mecánico precedió a la apertura de un pasaje secreto en una de las estanterías de la biblioteca. Cargó al difunto Lewis Janson y lo lanzó a través de la oscuridad rebelada por aquel pasadizo. Tras encargarse completamente de que nadie pudiera encontrar al fallecido doctor en biología, volvió a la seguridad de la biblioteca. Volvió a empujar el libro y retornó a su posición original. Al darse la vuelta se paró en seco al comprobar que alguien lo observaba desde la puerta.
- Me has asustado, Rosaline. - dijo sonriendo.
- Janson... ¿Dónde está? - acertó a preguntar con timidez.
- No te preocupes más por Janson. No volverá a molestarte... - Daniels se acercó a la mesa y cogió el revólver de Lewis. Luego se acercó a Rosaline, la abrazó y la besó.
- Kant...está muerto. Lo mató Mclovin...Todos parecen estar seguros de que mató a Ruibobille... - le comunicó Rosaline con preocupación.
- ¡Vaya! Entonces todo ha salido mejor de lo que esperaba. ¿Sabes? Al principio llegué a pensar que Alexander solo estaba borracho...Luego llegó el maldito de Lewis para acelerar los acontecimientos...
- ¿Por qué llamaste a Pereiro?
- ¿No hablamos ya de ello? ¿Qué es lo que te pasa? Deberías estar contenta, todo ha salido cómo queríamos. Ahora nos iremos cómo si nada hubiera pasado y empezaremos de nuevo.
- Hablas cómo si no te importara lo que le ha pasado a Ruibobille...Yo, le conté a Aidha que estuve curioseando en las cosas de Alexander...Puede que sospechen algo de mí.
- Ni siquiera voy a preguntar por qué contaste eso. No dirías nada del testamento, ¿verdad?
- No, no. Claro que no. Sólo me preguntaba si...si realmente hemos hecho lo correcto...
- Claro que sí. Esto era lo mejor que podía suceder a estas alturas...Salvamos a Alexander de sí mismo. Y de que se descubriera la verdad.
- Pereiro seguirá investigando...Averiguará lo que Ruibobille hizo a través de las cartas de Kant...
- Puede...pero en realidad eso nos interesa. No olvides que Pereiro también era íntimo de Alexander. Lo convenceremos para que guarde silencio. Todos lo harán, cómo lo teníamos previsto. Los secretos de Alexander Ruibobille se quedarán en esta mansión...Para siempre...
- Eso espero...Pereiro me mandó para buscaros a Janson y a tí para volver al salón. ¿Qué le decimos sobre él?
- Lewis Janson simplemente decidió marcharse una vez se descubrió al asesino de Ruibobille...
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- No me estás escuchando... - le reprochó Daniels a Alexander cuando comprobó que tenía la mirada perdida.
- Perdona, Daniels. Estoy algo cansado...
- Alexander...Sé lo que pretendes...Sé que pretendes reunirte mañana en la fiesta con Kant para hablar de las amenazas...
- No intentes disuadirme de eso. ¿Crees que no lo he pensado ya lo suficiente? Yo la maté...Fue mi culpa, Magnus...Resulta irónico, ¿verdad? Ese maldito loro no hace más que recordármelo. Junto a las cartas...
- Por favor, el loro ni siquiera reconoce la diferencia entre el género masculino y femenino...Escúchame detenidamente...vale que no voy a impedir que cambies de opinión...y te apoyaré, incluso en esto...Mañana no mencionaré el tema, haré como si no pasara nada...
- Gracias, Daniels...Sabía que podía contar contigo.
- Sigo sin estar de acuerdo en lo de Kant... ¿Qué ibas a pedirle?
- Perdón...Entendería que no me lo otorgara, pero necesito intentarlo...esto sí debo intentarlo...No cómo cuando éramos críos, ¿recuerdas?
- Echábamos a suertes cada fin de semana quien tenía que declararse a las chicas, y al final ninguno lo hacía. Bueno, tú lo hiciste una vez...
- Y funcionó, aún no sé como...
- ¿Te arrepientes de no haberlo hecho antes?
- ¿Te refieres a Mara o...?
- Ambas...
- No lo sé...Ahora eso no tiene importancia, y lo sabemos.
- Siento que todo acabara así...Con toda mi alma...
- Lo sé, Daniels...Ahora lo veo todo desde fuera. Y creo que, me siento en paz por primera vez en años...por haber tomado esta decisión por mí mismo...
- Supongo que al final, es eso lo que más importa...
- ¿El qué?
- Conseguir la paz con uno mismo...
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Pereiro era incapaz de calcular todo el tiempo que había pasado. Miró de reojo la butaca y luego comenzó a moverse por todo el salón. Tenía que acabar con aquello y no dejar que el cansancio lo venciera. Todos estaban allí, el doctor Daniels ya había aparecido. Le extrañó que Lewis Janson desapareciera sin despedirse de nadie, si bien por lo que Alexander siempre le contaba de él no era precisamente una conducta difícil de asumir por su parte. Los observó a todos uno a uno, todos cansados y con miles de pensamientos en sus mentes. Ya no servía de nada retenerlos allí, quien quisiera podía irse. Aún quedaban respuestas, pero todo se encontraba en esa mansión. Pepelieu y Bifouf ya le habían anunciado su intención de quedarse, al igual que Xabier Ruibobille, Rufus Piñavera y el doctor Daniels. Todos los invitados cotidianos de Alexander Ruibobille esperaban sus palabras, si bien muchos de ellos no le prestarían demasiada atención.
- Bien, no hay mucho que decir que a estas alturas no sepáis todos...Ha sido una noche dura, muchas las emociones...Apenas nos ha dado tiempo de asimilar el dolor por la pérdida de Alexander...y os he obligado a permanecer aquí en contra de vuestra voluntad...
- Ninguno de nosotros iba a marcharse sin saber que ocurrió con Alexander... - dijo Lucynella con ánimo de apoyarle.
- Las cosas se han torcido, pero ya no podemos volver atrás, obviamente. Sólo me queda despedirles y dejarles descansar...Comprendo que quieran reservarse para ustedes todo lo ocurrido aquí esta noche...Yo mismo ya he charlado con el doctor y prometo no revelar nada de lo que sé y de lo que pueda descubrir...Lo que hizo Ruibobille, hecho queda, y no honraremos su memoria de mejor forma que recordándolo tal y como se mostraba ante nosotros. Esa es mi última petición...
- ¿Y qué ocurrirá con el cuerpo de Kant? ¿Y Ruibobille? - chilló Aidha con su natural júbilo.
- De Kant nos encargamos nosotros. Y respecto a Ruibobille...lo buscaremos sin falta... - respondió el doctor Daniels mirando a los que se quedaban.
Comenzaron las despedidas y los abrazos, los apretones de manos, algunos cordiales, algunos vacios. Mclovin le dio una palmada en la espalda al detective a modo de agradecimiento. Spinello apartó a Daniels y le susurró algo al oído. La "generala" Aidha abrazó a Pereiro y le agradeció que se quedara. De la Rouge se quedó momentáneamente admirando la decoración de la mansión. De repente recordó algo y sonrió. "Adiós, Ruibobille" dijo, y abandonó la mansión junto a su esposa. Lucynella le preguntó a Daniels por Lewis, extrañada por su forma de desaparecer. Daniels la esquivó con facilidad y la despidió cordialmente. Luego, la baronesa abrazó a Xabier. "Para lo que necesites..." le dijo, y lo despidió con la mejor de sus sonrisas. Garcis resopló y cayó en que seguía guardando el cuchillo. Lo soltó y se despidió de Rufus, jurándole que no le revelaría a nadie lo que le contó. Luego, silbó y su gato apareció de la nada. Se lo subió al hombro y se fue, no sin antes comprobar que seguía guardando las hierbas en su bolsillo. Rosaline abrazó a Daniels y luego se marchó junto a Martina, ambas contratadas por Martha Mclovin.
Pereiro salió a tomar el aire, por primera vez en varias horas. El frescor de la noche le permitió rejuvenecer unos instantes. Sacó su pipa y bajo los escalones de la entrada, mirando al cielo estrellado. Lecumlora se acercó a él para despedirse.
- Siento toda la brusquedad que haya podido ofrecerle, Pereiro. Supongo que lo entenderá...
- Claro, claro, no se preocupe. Además, después de tanto tiempo uno se acostumbra al hecho de no caer siempre bien. Ya sabe, meternos en la vida de la gente con tal de encontrar la verdad...Todo sería más sencillo si nadie ocultara nada...
- Entonces se quedaría sin trabajo, ¿no? - rió débilmente Lucynella.
- Supongo. Por cierto, una última pregunta, Lucynella...
- Usted dirá, Joao.
- ¿Cómo...cómo era Mara Cornuelles? No tuve el placer de conocerla en persona...
- Era...fuerte de carácter...La verdad es que ella y yo nunca llegamos a congeniar del todo. No parecía ver con buenos ojos mi relación con Alexander, ya sabes. Era muy amable, muy risueña, tenía ambiciones...Pero también celosa...
Pereiro sonrió en la oscuridad y la pregunta se le escapó casi automáticamente.
- ¿Y lo era con razón?
Lucynella lo miró, y el fuego de la pipa le permitió a Pereiro verla sonreír.
- Buenas noches, Joao. Manténgame informada con lo que averigüe, por favor...
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- ¿Estamos todos? - dijo Daniels con la más seria de sus expresiones.
- Si. No he creído conveniente involucrar a nadie más, como comprenderás, Magnus. - soltaba el general Spinello mientras se acomodaba en su lugar preferido. En la sala, aparte de él mismo y Daniels, sólo estaba Rosaline, y por su semblante demostraba que no precisamente por deseo propio.
- Lo entiendo, general. Rosaline me lo dijo nada más encontrar aquello y al final, el mismo Ruibobille me acabó contando sus planes. Tal y como están las cosas, necesitaba contar con su ayuda...Todo esto es bastante...delicado.
- Lo comprendo, sin ninguna duda. Debo reconocer que me sorprendió enormemente lo que me dijo y lo que pretende hacer...Aunque dadas las circunstancias, admito que me puse inmediatamente de su parte. Me ha costado decidirme moralmente pero...estoy totalmente dispuesto a ayudarlo, doctor.
- Gracias, general. Entiende pues qué en cierta manera debemos contarle una verdad a medias a Janson. Mejor mientras mas confiado se encuentre en la fiesta...
- Claro. Cuéntele lo que crea conveniente...Respecto a Kant...Yo me encargaré de vigilarlo.
- En cuanto Lewis y yo tengamos la libreta, todo lo demás se escribirá sólo. Kant descubrirá que alguien le ha tendido una trampa y se pondrá nervioso. Actuará sin pensar, puesto que en cualquier momento aquellos que manipularon sus escritos podrían avisar a Pereiro para que la revisara.
- ¿Tan seguro está de poder implicar a Pereiro en todo este asunto?
- Lo he planificado todo, sin duda. Es una oportunidad de oro... - Daniels miró a Rosaline con cierta tristeza. - Desearía con todas mis fuerzas poder resolver esto de otra manera, pero la desesperación me obliga a intentarlo o caer...
- No se preocupe por eso, Daniels. Le ofreceré inmunidad. A usted y a Rosaline. Yo mismo encerraría si pudiera a esos dos...indeseables...
- Con que nos ofrezca algo de tiempo para salir del país, le estaré eternamente agradecido, Spinello.
- ¿Le contó a Kant lo de los pasadizos?
- Claro. Incluso le indiqué la entrada de varios de ellos. Pero nada de la salida de la mansión. Si decide internarse en ellos, se perderá. Y acabaremos encontrándolo...Espero que para entonces ya haya enfurecido bastante a Mclovin.
- Sino yo mismo le meteré una bala entre ceja y ceja. Anthony Kant no volverá a estafar a mi familia ni a ninguna otra...
- ¿Es cierto lo que escribió Alexander, Magnus? - preguntó Rosaline sin dejar de mirar el suelo.
- ¿A que te refieres? - preguntó Daniels con cierta cautela.
- Qué es responsable de la muerte de la hermana de Kant...
Daniels suspiró y miró a Spinello. - Me temo que sí...Ese maldito proyecto, lo sumergió en un mundo horrible. Secuestraron a la hermana de Kant días después de que Ruibobille aprobara el proyecto. El necio ni siquiera pidió explicaciones sobre sus métodos...Kant lo descubrió, siempre se ha movido entre las altas esferas, pero para cuando localizó a su hermana ya fue demasiado tarde. Comenzaron las amenazas...y el tormento de Alexander.
- ¿Y qué pretende Alexander reuniéndose con él? - soltó Spinello refunfuñando.
- Obtener su perdón. Se conocen desde pequeños, General. Cree que se lo debe.
- ¿No nos arriesgamos a que intente tomar represalias?
- Es posible...pero Alexander no es estúpido. No me preocupo por eso. Peor es...
- ¿El qué? - preguntó el general, impaciente ante el silencio de Daniels.
- Nada, nada. Hablaba en voz alta...
- Magnus...tengo un mal presentimiento con todo esto...- le dijo Rosaline mirándolo a los ojos.
- No te preocupes...todo saldrá bien, lo prometo.
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Reunidos en la biblioteca, Pereiro, Xabier, Bifouf, Piñavera, Daniels y Pepelieu removían y amontonaban todos los documentos de la investigación y el proyecto de Ruibobille. Daniels le resumió a todos en qué consistía el proyecto, les habló de la eugenesia y de la enfermedad de Mara Cornuelles. Les habló de Anthony Kant y de su sed de venganza, de las amenazas y su interés por atormentar con ellas a Alexander todo el tiempo que le fuera posible. Poco a poco, Pereiro comenzó a encontrar pruebas de que lo que decía Daniels era cierto. Revisó las cartas de la caja fuerte y no le fue complicado enlazar a Kant con todo aquello. La muerte de su hermana fue real, el mismo acudió al entierro, y recordó lo extraño de la ausencia de Alexander aquel día. Xabier se lamentó por no haberlo descubierto antes, de no haber descubierto a Kant antes de que matara a su hermano. Aunque en el fondo, el mismo acabó replanteándose su propia visión respecto a su hermano...Entendía lo de Mara, pero también entendía lo de la muerte de la hermana de Kant...Ambos fueron finalmente víctimas de la venganza, del dolor por la pérdida y de la desgracia y la imposibilidad de escapar de aquello. Varias horas más tarde, llegaba el alba.
Los hombres se reunieron por última vez en el salón de la mansión de Almanzora. Rufus les preparó algo de café y charlaron un poco sobre lo que harían a partir de entonces.
- Llamaremos a algunos de nuestros contactos. Encontraremos el cuerpo de Alexander, esté donde esté. - anunció Pereiro antes de darle un sorbo a su taza humeante.
- Kant debió de esconderlo cuando todo se le vino encima para ocultar pruebas...
- Me cuesta creer eso en realidad, ya le habíamos pillado. ¿Para qué iba a preocuparse por algo así? - rebatió Bifouf mientras le acercaba a su perra una pasta. Daniels se aclaró la garganta y se acabó el café de una sola vez.
- ¿A nadie se le ha pasado por la cabeza que Ruibobille siga vivo? - era la voz de Pepelieu la que sonaba, y a todos le pareció irreal escucharle por segunda o tercera vez durante todo el evento. Lo miraron fijamente en silencio durante unos segundos, y Pereiro casi se atraganta con su segundo sorbo.
- ¿Pero qué está diciendo? Yo mismo lo comprobé. Alexander estaba muerto, y Pereiro también lo reconoció después. - decía Daniels soltando una risotada por lo absurdo que le sonó aquello.
- Bueno, debo de admitir que no le presté la atención que merecía a ese reconocimiento...No me fijé demasiado bien en sus heridas pero...si le tomé el pulso...y me pareció suficiente. Yo...nunca he llevado bien el interactuar con muertos...menos si encima se trata de un buen amigo...
- ¿Usted se dio inmediatamente cuenta de que Alexander había muerto? - le preguntó Bifouf a Daniels repentinamente para suavizar lo que dijo Pereiro. En cierta manera encontrarse en un grupo más reducido le hacía sentirse mucho más cómodo.
- No. - dijo el doctor con sinceridad. - Pensaba que estaba borracho...Luego apareció Janson y comprobó que no era así...
- Janson me dijo que parecía que usted buscaba algo. ¿Puede explicarlo? - dijo Pereiro súbitamente y la pregunta le sintió a Daniels como un puntapié.
- La confianza es lo que tiene, Pereiro...Buscaba su historial médico, que le envié semanas atrás e intuía que lo tendría en algún lugar de su escritorio. - "Por suerte lo que realmente buscaba ya no estaba allí gracias a Rosaline" pensó el doctor.
- En fin...parecemos los vestigios del epílogo de una novela sin final cerrado con tanta pregunta...Todos estamos cansados...Voto a tal que volvamos a nuestras casas. Tanto Bifouf como yo les informaremos de las novedades... - exponía un Joao A. Pereiro agotado. - Ah, un último brindis por Alexander Ruibobille, caballeros...
- Mi hermano tenía muchos secretos, tenía muchas manías, se enfadaba con facilidad y era lo suficiente bueno actuando como para disimular la gran mayoría de sus sentimientos...No era perfecto, los problemas llovían a sus espaldas y el drama lo persiguió hasta su final...Pero era mi hermano. Y lo quería. Ojalá le hubiera sacado todo lo que desconocía para poder apoyarle, para demostrar que estaba allí. Al menos espero que...durante el tiempo que pasó con Mara, fuera feliz...Por Alexander Ruibobille... - Xabier terminó de hablar y levantó una copa vacía por su hermano fallecido. Todos lo imitaron, y varios de ellos, incluyendo a otros tantos que ya se habían ido, juraron para sus adentros dejar el alcohol una temporada....Y lo hicieron...
9. Epílogo
Semanas más tarde, Joao A. Pereiro llegaba a su despacho en la ciudad acompañado de su ahora socio a tiempo completo Mannel Bifouf. Comenzó a mirar su correspondencia mientras Mannel se acomodaba en su escritorio personal.
- ¿Cómo ves la idea de hacer algo de deporte, Mannel?
- Bueno, ya sé de tu afición por ir a correr, Joao. Pero De la Rouge se te adelantó. ¡He decidido entrar en su equipo de rugby!
Pereiro lo miró con sarcasmo. Al comprender que su entusiasmo parecía veraz, continuó revisando su correo. Paró al reconocer la caligrafía de Xabier Ruibobille.
- Parece que el joven Ruibobille nos manda saludos.
- ¿No me dijiste que iba a crear una fundación en nombre de Alexander?
- Si, si. Lo hizo con la ayuda de la familia Lecumlora. Supongo que esta carta se trata de la tan esperada invitación para la inauguración.
- Perfecto. Me encantan las inauguraciones...
- Reza para que hayan entonces dos invitaciones, Mannel...
- ¡No me fastidies!
- Has tenido suerte - rió con ganas Pereiro. Pensó entonces en Lewis Janson y en que hacía tiempo que no sabía nada de él. Recordó inmediatamente lo que contó en la mansión de Ruibobille sobre su expedición al Amazonas.
En la carta, Ruibobille agradecía a Pereiro toda la ayuda prestada con el caso, la búsqueda y el encuentro del cadáver de su hermano. Confiaba a su vez que le informara de los datos obtenidos por la autopsia, que dejaron en manos de Daniels. Otra de las cartas era del general Spinello, que lo avisaba de sus intenciones de establecerse definitivamente en Londres y de visitarlo a menudo junto a su esposa. A Pereiro le entró un escalofrío. Sólo esperaba que la tirria de la "generala" hacia su persona hubiera mejorado.
- Nunca me contaste por qué te cogió tanta manía.
- Bueno, Fue algo tan simple como llamarla Aidha de Bormujos al conocerla...Es una mujer que no olvida fácilmente lo que se dice, al parecer...
Bifouf puso cara de no entenderlo. - Pero, ¿no es así cómo se llama?
- Para nada amigo. Su nombre completo para toda la sociedad es Doña Aidha Dulcinea Rosalinda Jimenea de Bormujano. Por lo visto los contactos que me informaron de su nombre no eran del todo fiables...Una chapuza en toda regla lo mío...
- Para la sociedad dices... ¿Y en confianza?
- Ah, bueno. En confianza sí que es Aidha de Bormujos.
Sólo quedaba dos cartas cuando sonó el teléfono. Pereiro descolgó y oyó la alegre y fanfarrona voz de Lockslo Mclovin.
- ¡Pereiro! ¡Te llamo para pedirte un pequeño favor de nada!
- Tiemblo al oír eso de pequeño...Lockslo.
- Verás, me marcho una temporada a Irlanda, al sur, y creo que tu conocías a un buen guía de allí.
- Sí, claro. Te daré el número. ¿Que se le ha perdido en Irlanda?
- La caza evoluciona, Pereiro. Ahora participo en torneos profesionales. Una ocasión perfecta para acribillar a unos pocos ciervos y humillar a unos cuantos irlandeses. ¡Ya te traeré alguna cabeza! ¡Gracias por el contacto!
- Bueno, no hace falta que me traigas... ¿Mclovin? Arghh...Ha colgado...
Bifouf sonreía y comenzaba a ordenar su escritorio cuando Pereiro volvía a hablar.
- Carta de Daniels...
Pereiro comenzó a leer la carta, de extensión abundante. En ella Daniels le contaba que ya se había mudado y le escribía la carta desde el sur de España. Rosaline estaba con él y las cosas parecían comenzar a mejorar. Había abierto una consulta y aunque le costaba habituarse a una vida mucho más austera y sin tantas comodidades, se sentía completo. Pereiro sonrió y miró la última carta. Era del forense con el que habló sobre la autopsia de Alexander Ruibobille. Tras encontrar el cuerpo, y con Daniels ya fuera del país decidieron actuar por su cuenta y hablaron con uno de los contactos más cercanos del doctor. Tampoco querían importunarle en esos primeros días fuera del país, asi que no lo avisaron de que encontraron el cuerpo ni de la idea de Pereiro de proceder a la autopsia.
- ¿Qué dice de la autopsia, Pereiro? ¿Pereiro?
Joao de repente puso una cara extraña y parecía estar leyendo varias veces las mismas líneas. Tras un rato haciendo gestos extraños, fue consciente de que Bifouf lo estaba llamando.
- Eh...perdona Mannel...es que no soy capaz de asimilar muy bien lo que estoy leyendo...
- ¿Qué pasa, recórcholis?
- El forense me cuenta que la autopsia se realizó con éxito....En fin, yo creo que...ehhhh... ¿no pone nada de que haya podido tratarse de un error por aquí?
- ¡Deja de decir tonterías, Pereiro! ¿Qué dice la maldita carta?
-...Parece que no hay ninguna duda...el informe del forense dice que Alexander estaba ya muerto antes de recibir las puñaladas...las cuales creíamos obra de Anthony Kant...dice que...encontraron veneno en su cuerpo...ingerido horas antes de ser encontrado muerto...
- ¿Cómo que veneno? ¿Qué se supone que significa eso, Pereiro? ¿Kant lo envenenó?
- No...Kant no pudo ser...no había llegado a la fiesta cuando el veneno ya estaba en la sangre de Ruibobille...
Mannel intentó saltarle con algo, pero Pereiro había dejado casi todos los cabos bien atados con la post-investigación, gracias en parte a los escuetos datos de la libreta de Kant, incluso la hora de llegada de todos los invitados, la hora de la muerte, y la situación de todos los invitados durante el intervalo de tiempo entre la subida de Ruibobille a su despacho y el momento en el que fue encontrado muerto.
- ¿Entonces...quién mató a Ruibobille? - preguntó Bifouf, sin ser consciente de que estaba levantado.
- Por primera vez en toda mi carrera profesional...no sé qué decir...- soltó Pereiro con total y perfecta cara de póquer.
Palabras exactas
Sigo aquí tumbado una noche cualquiera...Los ojos abiertos mirando a las estrellas...Como toda compañia el silencio, tranquilizador y peligroso, y miles de palabras formándose en mi cabeza...
Es complicado encontrar las palabras exactas para definir lo indefinible. Es complicado dejar de pensarlas, arremolinándose una tras otra en frases que luchan por escapar. La noche avanza y me aprisiona este vacío. Una sonrisa se escapa enlazada en el cielo y me atrevo a imitarla. Los sonidos de la noche retumban, sólo quiero levantarme. Y sigo escuchando el retumbar incesante.
No soy capaz de moverme. Recuerdo, no paro de recordar. Escenas, diálogos y canciones, perfumes y sonidos, voces y risas. Y me pregunto que tienen de real, si siquiera soy yo algo real o ficticio dentro de mi propia cabeza. Y comprendo la necesidad de la transparencia, de mostrar lo que duerme entre las neuronas, para ser uno mismo y darse realmente a conocer. Dejar de buscar las palabras exactas y escuchar lo que te repites una y otra vez...Pero no es tan fácil expresar lo que piensas. Todo retumba y la garganta se cierra. Pasan las horas y se te escapa el tiempo...El mundo sigue girando fuera de tu cabeza, la vida sigue su curso y nada espera...Retumba y retumba, cuando te das cuenta ya estás entre la espada y la pared. No quieres sentir el dolor de la espada, pero aún peor sería seguir junto a la pared, gris y solitaria...
Podría reirme de toda suerte, podría reirme de toda historia...Y cantarlo todo como si dejara de importarme no saber cantar, para acabar con el silencio y acallar mis voces interiores. El tiempo se hace más largo y pesado, y cuanto más dura más retumban mis oidos...
Las palabras exactas no llegan, y dudo que lleguen, puesto que en realidad, lo que quiero expresar no se expresa con palabras...
Y le doy al play mientras salgo a correr, alumbrado por cada coche y por toda farola. Se abstraen los recuerdos y sonrio a todo aquel con quien me cruzo. De nada sirve ahora repasar lo que es una realidad. Sólo quedan los susurros, y al mismo tiempo lo falta todo...
miércoles, 1 de septiembre de 2010
domingo, 29 de agosto de 2010
Cluedo (7º parte)
7. La verdad
La lluvia no tenía intención de acabar tras horas de tormenta. El cielo gris y verdoso se tambaleaba bajo la mirada de Alexander Von Ruibobille y no dejó de mirar aquel cielo hasta que otro sonido que no fueran las gotas de agua cayendo lo sacaron de su ensimismamiento. Llamaban a la puerta, y como siempre, el fiel Rufus aparecía con su semblante agradable de costumbre, junto con el correo.
- Ha llegado una carta del doctor Daniels. Y otra del señor Lockslo Mclovin...La tercera no tiene remitente.
Alexander cogió el correo con pavor. Dejó las cartas de sus colegas para el final y palpó el sobre desconocido. Creyó que era de ella. Pero no fue así. Aquella sería la primera de las amenazas que seguiría recibiendo a lo largo de los años...Inmediatamente, cerró su despacho con llave y abandonó la comodidad de Almanzora. No aguantaba más tiempo solo...
Horas después se encontraba bajo la lluvia, sin refugio, mirando la enorme villa de los Cornuelles. Era incapaz de avanzar y entrar. Quería y no podía. Y notaba que la vida se le escapaba, que el alma huía...Con un infinito esfuerzo se acercó al porche y llamó. La criada lo recibió con alegría, y casi lo obligó a entrar. Después de quitarse el peso de la ropa mojada y aceptar algo limpio de la amable criada, subió con lentitud hasta la habitación de Mara. Y la vio en la puerta, apoyada en ella y con una amplia sonrisa en la cara. Parecía frágil, muy frágil, y si no fuera por el apoyo de la pared no hubiera podido mantenerse en pie.
- Sabía que eras tú. Bueno...más bien, quería que lo fueras...
- Siento no haber venido antes...
- Pasa, me cuesta estar aquí...
Ruibobille le explicó a Mara el porqué de su ausencia las últimas semanas y todo aquello a lo que se había estado dedicando. Viajando de un lugar a otro y sin descanso, buscando la forma de liberarla de su enfermedad.
- Ha sido tal mi fracaso, que me daba vergüenza acercarme a ti...Yo...yo no he hecho nada más que complicar las cosas. He permitido cosas horribles, Mara. He sido un iluso y me la han jugado.
- Cállate. ¿Ves cuál es tu problema? En vez de estar aquí conmigo te has dedicado a luchar contra los designios del Señor, cuando no se puede cambiar el destino, no se puede, Alex...
- No me hables de tu señor, Mara. Y menos del destino. ¡Es lo mismo que justificar todo lo que te está pasando! Y no debería ser así...Yo quería cambiar eso, y voy a cambiarlo.
- No, no...No vuelvas a irte, ¿vale? Quédate conmigo...
- No es justo...
- La vida no es justa Alex, ya lo sabes. Sólo déjalo estar...
- Nunca lo dejaré estar...
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El General Spinello y Lockslo Mclovin discutían en la sala de billar mientras comprobaban que en la libreta del profesor Kant faltaba una página, arrancada.
- ¿Es la que buscábamos, verdad?
- Tal es nuestra suerte, general...
- ¡Maldito Kant! ¿A que demonios juega? - Spinello golpeó la pared y uno de los cuadros cayó al suelo. Ninguno de los dos hombres pareció darle importancia.
- Está chalado. Vamos a tener que poner a Pereiro en su contra o jugaremos con desventaja...
- Ya me dirás como, Mclovin.
- Para empezar, encontrándolo. No puede andar lejos.
Spinello empezó a reír, pero su voz sonaba hueca y despreciable.
- Ahí es dónde te equivocas...Este maldito antro tiene pasajes ocultos.
- No me fastidies... - Lockslo se llevó las manos a la cabeza. - ¿Lo sabe Kant?
- Es probable. Pero dudo que sepa que existe una vía por la que salir fuera de la mansión.
- ¿Entonces seguimos a tiempo, no?
- Esperemos... - Los hombres se pusieron en marcha sin pensárselo dos veces, y con cuidado de evitar encontrarse a nadie por los pasillos.
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- ¿Qué hiciste, Alexander?
- He estado hablando con algunos entendidos. Algunos han sido competentes y me han dado referentes con los que poder trabajar, pero otros no han resultado ser más que estafadores. Y además, permití que encarcelaran a un pobre muchacho con tal de evitar que la policía descubriera que viajaba sin papeles y con productos químicos ilegales...
- ¿Productos químicos ilegales? - Mara no parecía entenderlo y apretaba cada vez con más fuerza la mano de Alexander.
- No me entiendas mal. Para ellos son ilegales, pero con cuidado y responsabilidad no son nocivos. Tenía que traerlos para comenzar el proyecto...Y ahora resulta que tienen dificultades...
- ¿Dificultades? ¿Quiénes?
- Aquellos con los que más contaba. Estaban comenzando un proyecto ambicioso y vanguardista, el cual, de funcionar bien, salvaría incontables vidas, incluida la tuya…
- Me estás asustando con tanto misterio… ¿Cómo se supone que pueden esas investigaciones ayudarme?
- Tú confía en mí. Las cosas no han salido hasta ahora como esperaba, pero la derrota siempre es pasajera...Y ahora que estoy otra vez contigo, lo tengo más claro que nunca. Ayudaré en esa investigación, ¡y todo saldrá bien!
- Vale, te creo. Pero por favor, prométeme que no vas a hacer ninguna locura más, ¿de acuerdo?
- Bueno, no sé si podría prometerte eso...¡Vale, vale! Es broma...
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Garcis y Piñavera llegaron al vestíbulo sin percibir ningún tipo de rastro sobre Anthony Kant. El mayordomo comenzaba a culpabilizarse por no haber detenido al profesor. Fuera lo que fuera lo que contenía aquella página, ya no lo sabrían nunca. A menos que encontraran a Kant...Garcis resoplaba, su falta de ejercicio y su afición a fumar hierbas no ayudaban a que se convirtiera en un buen perseguidor.
- Descansemos un momento, Rufus... ¿Oye, no está todo demasiado silencioso?
- Cierto, pero no sé de que se extraña profesor. Kant debe estar escondido y el resto sigue en el salón. Y recuerde que Pereiro y el señorito Ruibobille siguen en la sala de billar con los interrogatorios.
- ¿Y no deberíamos avisarles de lo que está ocurriendo?
De pronto oyeron el ruido de unos pasos acercándose y Rufus sintió la necesidad de esconderse, por si acaso. Garcis y Piñavera vieron a Pereiro, a su ayudante, a Bifouf (con su perra bajo el brazo), y Ruibobille atravesando el pasillo de la planta baja del vestíbulo a toda velocidad.
- Creo que no necesitan que los avisen...
- Maldita sea, ¿dónde ha podido meterse Kant?
- ¿Cree usted que es el asesino? - preguntó Rufus acercándose a la escalera.
- No lo sé, tampoco conozco a Kant lo suficiente como para imaginármelo...
- Bueno, a veces creemos que conocemos bien a nuestros amigos, y luego descubrimos cosas... - Rufus se sentó en el primer escalón, y parecía abatido.
- ¿Qué le ocurre, Piñavera? - Garcis encendió su pipa y se acercó al mayordomo.
- ¿Puedo confesarle algo, Garcis...?
En el salón, Aidha y Martha comenzaban a sentirse aterrorizadas. En algún momento sus maridos desaparecieron, y luego también lo hicieron a su vez Daniels, Garcis y Janson. Con un asesino suelto por la mansión, y a pesar de que preferían ir a buscar a los hombres, eran incapaces de moverse. Por si acaso, atrancaron la puerta oeste con varios muebles. Iban a hacer lo mismo con la este, pero se percataron en breve de que estaba cerrada con llave. Martina y Rosaline insistían en salir de allí, pero no podían hacer frente a la determinación de la mujer del general.
- No os preocupéis, tarde o temprano el impresentable de Pereiro volverá...Mas le vale desde luego. Y mi marido... ¿dónde se ha metido? Lecumlora, ¿vos sabéis algo?
Lucynella se había sentado junto al fuego y permaneció allí bastante tiempo en silencio. Cuando Aidha le habló pareció salir de un profundo sueño.
- Pereiro me dijo que no nos moviéramos de aquí...Creen que Rufus...Bueno, sospechan de él...Fueron a buscarlo... - a esas alturas a Lucynella no le importó demasiado respetar la petición de Pereiro de mantener la calma. Bastante mal se sentía ya por estar allí sin hacer nada.
- ¿Rufus? Tiene que ser una broma... - dijo Martina casi riendo. - ¿En que se basan?
- En un papel que Pereiro encontró en su cuarto. Piensa que contiene la combinación de la caja fuerte de Alexander.
La cara de Rosaline se descompuso de repente. Comenzó a moverse nerviosamente por la sala, sin dejar de tocarse las manos.
- Maldición...Lo de ese papel, es culpa mía...- dijo con voz débil.
- ¿Cómo? ¿Qué quieres decir? - preguntó Lecumlora levantándose.
- Bueno...yo...necesitaba ver unos papeles...No pensaba robar nada, ¡lo juro! Oí a Rufus decir una vez que Alexander guardaba allí todos sus documentos importantes, y...yo soy buena con los números, me resultó sencillo memorizar la combinación tras verle introducirla un par de veces. Los copié en un trozo de papel e intenté acceder a la caja más tarde, pero entró Xabier Ruibobille y si no hubiera sido rápida en esconderme...Me puse nerviosa y perdí el papel...Poco después me enteré por Martina de que Rufus lo había encontrado y que lo había guardado en su habitación. Por suerte Rufus nunca ha sido demasiado curioso y me dí por satisfecha...No volví a tener una buena oportunidad para estar sola en el despacho, asi que no volví a intentarlo...
- No recordaba aquello del papel, pero si es cierto que lo encontró... - dijo Martina refutando lo que decía Rosaline.
- ¿Qué papeles buscabas? - preguntó Aidha con recelo.
- Yo...no puedo decirlo. ¡Pero juro que yo no le he matado! Siempre había sido muy bueno conmigo...no tenía motivos...¡os doy mi palabra!
- Habrá que creerla, si tuviera algo que ver con la muerte de Alexander no nos estaría contando esto... - afirmó Lucynella con rapidez.
- Tengo que avisar a Pereiro. No puedo dejar que culpen a Rufus por mi culpa...
- ¿Y piensas contarle a Pereiro lo de tu búsqueda? - le preguntó Aidha mientras ayudaba a Martina a retirar los muebles de la puerta.
Rosaline calló unos segundos, insegura. Aidha se acercó a ella y la abrazó para tranquilizarla.
- Vale, te creemos. Ya buscaremos una forma de hablar con el portugués sin contar lo tuyo.
- Habla por tí, Aidha... - susurró Martha mientras terminaban de abrir la puerta oeste del salón. El gato de Garcis aprovechó la primera oportunidad para escaparse. Todas se disponían a salir cuando vieron a Noelesía acercarse.
Pereiro se frenó en seco al llegar a la cocina. Bifouf esgrimía con cierta torpeza un enorme revolver más voluminoso que su mano y Pepelieu apuntaba con su escopeta a todas partes.
- Vale, creo que deberíamos separarnos... - aseguró Pereiro al caer en algo.
- ¿Y eso? - soltó Bifouf con un timbre más agudo del que le hubiese gustado mostrar.
- Ahora que sabemos que esta es la combinación, bueno...creemos...deberíamos echar un vistazo a esa caja fuerte. Y cuanto antes mejor. Ustedes dos van bien provistos de arsenal, así que Ruibobille y yo podemos dirigirnos al despacho mientras buscan a Piñavera. Además, no hemos buscado por la segunda planta, así iremos más rápido.
- Vale, vale. ¡Idos ya! - dijo Bifouf mientras curioseaba por la cocina. La perra comenzó a olisquear el suelo, se centró en un armario y comenzó a arañarlo.
- Nada de comer ahora, ¿eh? - dijo Pereiro señalando a Mannel antes de irse.
- Por favor...¡soy un profesional! - gruñó con su acento francés con fingida indignación. Antes de abandonar la cocina, decidió dejar atada a su perra allí tras prepararle un cuenco con agua y comida.
Garcis comenzó a impacientarse y le aseguró a Piñavera que podía contarle cualquier cosa sin ningún problema.
- ¿Sabía que Ruibobille sufría amenazas, Garcis?
- En realidad, algo había oído...Lewis, siempre lo cuenta todo...
- ¿Y le contó de qué clase de amenazas se trataba?
- Algo sobre una inversión de Ruibobille...las amenazas lo culpaban de haber permitido una injusticia.
- Y si...¿y si le dijera que sé a qué se refieren esas amenazas?
Garcis intentó disimular su asombro. - Si así fuera, ¿por qué no se lo ha contado a Pereiro?
Rufus sonrió amargamente. - Creo que es evidente, profesor...Yo, yo respetaba a Alexander Ruibobille, incluso llegué a considerarlo como un buen amigo. Cuando hay personas que te importan, prefieres que algunas cosas de ellas no se sepan...Es por ello que, no puedo evitar pensar que a lo mejor Kant quemara aquella página para intentar encubrir la misma verdad que yo he intentado ocultar.
- Y a lo mejor lo que intentó era encubrirse a sí mismo...No sea ingenuo, Piñavera....
- Ya, ya lo sé. Es lo más probable. Supongo que mi silencio no ayudará en esta investigación, creo que debería contarlo.
- ¿Y qué es lo que sabe? Ya que está tan dispuesto, no le importará decírmelo, ¿no?
Piñavera resopló y aguardo un momento antes de comenzar a hablar.
- La inversión del señor Ruibobille permitió que experimentaran con seres humanos... Él lo sabía, pero siempre creyó que eran experimentos que no ponían en riesgo las vidas de esas personas. Pues bien, las amenazas lo pusieron al tanto de la verdadera naturaleza de lo que estaba permitiendo...Al principio esas cartas lo prevenían de lo que ocurriría si seguía con todo aquello...pero estaba demasiado obsesionado con salvar a la señorita Cornuelles...Hizo caso omiso a las advertencias y siguió ayudando con el proyecto. Luego, Mara murió y su dolor lo confundió hasta que todo dejó de importarle. Puede que, en cierta medida, enloqueciera durante aquella temporada. Y a pesar de que ya no tenía motivos para seguir ayudando al proyecto, continuó invirtiendo. Intentó mitigar su culpa y su incapacidad para salvar a Mara Cornuelles buscando la forma de acabar con las deficiencias genéticas, acabar con las imperfecciones humanas y las enfermedades...sin que importara el precio...Cuando recuperó la sensatez, ya era demasiado tarde...y muchas personas murieron para permitir aquellos experimentos. Lo peor vino después...descubrió que torturaban a los sujetos de aquellas investigaciones, que eran en su mayoría judíos y africanos, personas que los jefes alemanes del proyecto consideraban impuros, que eran una enfermedad en sí que había que eliminar...Alexander no soportó enterarse de aquello, y cómo puede imaginar, se apartó del proyecto. Intentó denunciar a los responsables, pero desaparecieron tan rápido cómo habían aparecido. Engañado y destrozado, las amenazas seguían llegando y con el tiempo se convirtieron en su recordatorio por las cosas que permitió. Cuando yo lo supe al leer algunas de esas cartas, bueno...siento decir que comencé a mirar a mi propio señor de otra forma...
. Vaya...no sé que decirle, Piñavera...Aunque mírelo así...si Ruibobille no hubiera ayudado a esos hombres, lo habría hecho otro...
- ¿Y de que forma ayuda eso en todo el asunto, Garcis? Hace cuatro años de todo eso, y desde entonces Alexander buscó la forma de redimirse, de contactar con el sujeto de las amenazas...pero se derrumbaba a la mínima. Intentó olvidar y seguir adelante, centrándose en el imperio de su familia y en la seguridad de su hermano...hasta hoy...
- Hasta ayer...bueno, ya sabe, técnicamente hablando...y con la hora que es...
- En cualquier caso, ¿entiende la delicadeza del asunto? Madame Lecumlora no sabía en que consistían esas amenazas tampoco.
- Así qué... ¿quitando al fallecido eres el único que sabía la verdad?
- Creo que sí. Resulta gracioso, pero hasta puede que yo sea el único que sabe lo de... ¡santa ignorancia! - Rufus se incorporó de golpe y se golpeó la frente.
- ¿Qué ocurre?
- ¡Los pasadizos, Garcis! Puede que Kant se esconda allí. ¡Rápido, a la bodega!
- ¿Pasadizos? ¡Lo que faltaba!
Pereiro y Xabier iban de camino al despacho cuando se encontraron con De la Rouge dando vueltas.
- ¡Pereiro! Menos mal que le encuentro.
- Yo también me alegro de verle, De la Rouge, aunque no sean las mejores circunstancias.
- ¡Xabier! ¿Qué haces aquí? - De la Rouge se acercó y apretó la mano del joven con cara de no entender nada.
- Es una larga historia, Paul...Y dudo que tengamos ahora tiempo para discutirlo. - aseguró Ruibobille con cierta frialdad.
- Desde luego. ¿Ustedes también buscan a Kant?
- ¿A Kant? Nosotros buscábamos a Rufus. Aunque de hecho ahora mismo nos dirigíamos al despacho de Ruibobille.
- ¿Al despacho? Maldita sea, ¿qué está ocurriendo?...
- Se lo explicaremos por el camino... - sentenció Pereiro mientras se masajeaba la frente.
Al llegar al despacho, De la Rouge estaba algo más informado de todo lo que había pasado.
- Esto ya es otra cosa...Rufus me lo contó todo de una forma bastante atolondrada...
Pereiro probó la combinación sin dilación. La caja se abrió de inmediato, y el detective frenó su intriga para mirar a los otros. Tras el asentimiento de Xabier, Pereiro comenzó a ojear su contenido.
Dentro encontró una pequeña caja con una ingente cantidad de cartas dentro. Luego aparte vio otras cartas apartadas, la lista negra de Ruibobille, unas fotografías, y una especie de cuaderno de anotaciones. Pereiro lo sacó todo y junto a De la Rouge y Xabier comenzaron a identificar cada cosa. La caja contenía, tal y como sospecharon, todas las amenazas que Alexander recibió en aquellos cuatro años. Las fotografías parecían algo antiguas: en una aparecía con toda la familia de los Ruibobille, en otra con Lecumlora y Janson, en la tercera con Rufus, Rosaline y Martina y en la última aparecía Alexander con una hermosa muchacha que Pereiro no reconocía pero intuía que debía de tratarse de Mara Cornuelles. El cuaderno contenía varias anotaciones sobre las inversiones de Alexander, muchos garabatos y poemas tachados y corregidos varias veces. El resto de cartas, que ojeó De la Rouge, era correspondencia de la joven Cornuelles, y algunas otras cartas personales firmadas por Daniels, Spinello, Janson o Lecumlora...Xabier se paró un momento a mirar la lista negra, que por alguna extraña razón siempre le había intrigado por la obsesión que su hermano parecía profesarle. Pronto descubrió que algo fallaba:
1. J. J. Carrasque / No es él...y casi estaba seguro de que sí...
2. Charlotte de Menivieu / X
3. Randolph Goldfish / X
4. Agoust Path Sanchois / X
5. Sonielle Delacroix / X
6. Q. T. Legend / X
7. Joao A. Pereiro / X (Tachado)
8. Carrol De la Rouge / X
9. Daniel Street / X
10. John Locke / X
11. Xabier Lecumlora / X
12. Armand Ruibobille / X
13. Lockslo T. Mclovin / X (Tachado)
14. Anthony Kant Rozalem / ? (Tachado)
15. G. Spinello Ramazzo / ?? (Tachado)
16. Lewis Janson / X (Tachado)
17. Victor Cornuelles / X
18. Paul Willis De la Rouge / ??? (Tachado)
"Tantos nombres... ¡Y algunos corresponden a invitados incluso!" Por lo que estaba leyendo, Xabier llegó a la conclusión de que, al igual que con tantas otras veces, su hermano le había engañado con la función de aquella lista. Se la enseñó a Pereiro de inmediato.
- Hmmmm...Esto es muy curioso sin duda. Entiendo que los nombres tachados son subsanaciones en la lista pero esas X al lado de cada nombre...Creo que lo voy pillando...- Pereiro comenzó su paseo habitual por la sala, con una mano acariciándose la barba y la otra sosteniendo en alto la lista.
- Pues ya nos dirás, porque yo al menos no lo entiendo...- dijo Xabier con enfado.
- A ver, creo que después de todo lo que hemos averiguado, se sobreentiende que con esta lista, Alexander indagaba sobre la posible identidad del autor de las amenazas...Ignoro de todos modos si los nombres no tachados si corresponden verdaderamente a la lista negra.
- Creo que sí. Veo el nombre de Xabier Lecumlora, hermano de Lucynella, y si no recuerdo mal, Alexander y él tuvieron cierta pelea por el resultado de una partida de póquer...Y además ambos conocéis la famosa relación de enemistad que mantenía con Carrasque...- apuntó Ruibobille.
- Si...Podría decirse que no nos caía demasiado bien a ninguno. - anunció De la Rouge ojeando los nombres por encima del hombro de Pereiro y reparando en el de su hermano con asombro - Pero si nos lo tomamos así... ¿Eso no quiere decir que por alguna razón a varios de nosotros también nos ha incluido en esta lista?
- Recuerdo una discusión fuerte que tuve una vez con Alexander...Puede que me incluyera después de eso...Y poco después al reconciliarnos me tachara...- dijo Pereiro pensativo. - Me pregunto quienes serán Armand Ruibobille y Victor Cornuelles...
- Armand es primo nuestro, un antipático integral, es uno de los pocos nombres que no me extrañan en absoluto. Cornuelles es familiar de Mara, en el pasado muy amigo de Alexander...- le explicó Ruibobille.
- De acuerdo, lo voy entendiendo...En fin caballeros, parece que las sospechas iban dirigidas sobre todo a Kant, Spinello y al propio De la Rouge aquí presente. - Pereiro dejó la lista en el escritorio y su semblante se volvió indescriptible. - Señores...la verdad es que este caso cada vez tiene más lagunas y menos sentido conforme voy avanzando en mis suposiciones...Pensaba que con el relato de Lucynella todo comenzaría a aclararse, pero mis dudas crecen por momentos...
- ¿De qué hablas Pereiro? ¿Acaso la desaparición de Kant no es suficientemente "aclaratoria"? Él también está señalado en esa lista, y dudo que tenga buenas razones para desaparecer de la forma que lo ha hecho...Entiendo que en parte sospechara de mí, por mi interés por las apuestas, porque conocía lo de su relación con Mara...pero al final todo se cae por su propio peso. Quédate con el dato: si yo fuera el asesino procuraría tener un plan para salir ileso, de lo contrario habría confesado nada más cometer el crimen. De una forma u otra intentaría eliminar pruebas que me delataran, o buscar un chivo expiatorio...Kant acaba de desaparecer y ha eliminado lo que seguramente sea la prueba que lo recrimine, y si existe otra explicación, dudo que huir le haya servido de algo en su defensa...
- ¿Conocías la relación con Mara? ¿Tú también? - preguntó Xabier casi por inercia y sin prestar demasiada atención al resto de argumentos de De la Rouge.
- Si, digamos que mi buen trato con los Cornuelles a lo largo de los años me permitió enterarme de ciertos asuntos de forma indirecta. Por supuesto se lo comuniqué a Alexander y le juré no contar nada...ignoraba otro tipo de cuestión referida a sus intentos de curarla y cuando murió, yo estaba de viaje y no me enteré hasta meses más tarde...
- ¡Todo el mundo sabe algo! Todos menos yo, para variar...
- Tranquilízate, Xabier...Estamos en un momento clave de la investigación y no podemos ofuscarnos por este tipo de cosas. Lo primero es lo primero, hay que encontrar a Kant... Y como tu bien has dicho, si fuera el asesino tendría que buscar un chivo expiatorio, y sin duda sea quíen sea el que mató a Alexander, tendrá que encontrar a uno...
- O señalar a uno...- dijo Xabier mirando de reojo a De la Rouge.
- ¿Que insinúas? ¿Qué inculpo a Kant para no parecer sospechoso? ¡Si fue Rufus quien me lo contó! - se defendió De la Rouge con aspereza.
- Eso dices tú, Paul, ¿y qué pruebas existen de que te lo contó Rufus?
- Pregúntale a él, ¿te parece suficiente?
- No, si soy sincero...
- Caballeros, haya orden. No es momento de absurdas discusiones entre nosotros. Sólo los futuros acontecimientos nos proporcionarán la verdad, de nada sirve acusarnos sin fundamento... Bien, volveremos a guardarlo todo en la caja fuerte y lo revisaremos más tarde...si podemos... - los tres hombres asintieron en silencio, guardaron todos los documentos y salieron del estudio con la fatiga y el cansancio en sus rostros.
Garcis y Piñavera bajaron a la bodega y comenzaron a indagar entre la oscuridad. Ambos armados con un farol, se internaron por los pasillos del sótano tanteando las paredes en busca de alguna señal sobre el paradero de Kant. Tras un tiempo en silencio, ambos creyeron escuchar un ruido cerca de su posición. Apretaron el paso y llegaron a la sala grande donde dejaron el cuerpo sin vida de Alexander Ruibobille horas atrás. Garcis se adelantó y al alumbrar un poco más la sala, se paró en seco. Aún sin estar seguro de lo que su visión le mostraba, creyó quedarse sin aliento y comenzó a tantear con su brazo hasta que agarró a Rufus.
- Piñavera...dime que no me estoy volviendo loco... - Garcis parecía paralizado mirando fijamente al centro de la sala. Rufus siguió su cabeza y comprendió el porqué de su confusión y miedo repentinos.
En el lugar dónde supuestamente dejaron el cuerpo de Ruibobille solo había una enorme mancha de sangre y ni rastro alguno del difunto. Antes de que ninguno pudiera reaccionar, un estruendo cercano consiguió que volvieran a subir las defensas.
- ¡Allí hay alguien! - gritó Garcis, y armándose del poco valor que suele esgrimir un profesor universitario, salió corriendo detrás del desconocido. Piñavera intentó advertirle del peligro de lanzarse a la oscuridad de esa manera, pero para cuando comenzaba a abrir la boca, Garcis ya había doblado la esquina.
La figura se paró en mitad de uno de los pasillos, seguido de cerca por Garcis y tras unos segundos se internó en lo que el profesor adivinó uno de los pasadizos secretos de la mansión. "Tiene que ser Kant" pensó mientras llegaba y le hacía señas a Piñavera mostrándole el pasadizo. Garcis se internó en el agujero de la pared, subió una escalera y debido a su velocidad y a la falta de luz chocó con un muro al final del trayecto. El golpe produjo que el muro cediese y Garcis salió disparado de la pared para encontrarse de repente rodando en mitad del comedor. Su encuentro con la gran mesa lo frenó bruscamente, seguido de toda suerte de quejidos y maldiciones. Rufus encontró el farol de Garcis al final de la escalera, y al traspasar el umbral vio a Anthony Kant retornando al comedor seguido del general Spinello y Mclovin. A partir de ahí todo fue muy rápido. Kant sacó un revólver, y tanto el general como Lockslo hicieron lo mismo. Luego entraron Pepelieu y Bifouf, ambos exhibiendo sus armas de competición, y poco más tarde lo mismo ocurrió con Pereiro, Ruibobille y De la Rouge. Pereiro sacó su revólver apuntando a Rufus, De la Rouge y Ruibobille hicieron lo mismo, pero más por instinto y por ver a todos los demás encañonándose indiscriminadamente. Rufus a su vez sacó el suyo propio y Garcis, recuperado de su aterrizaje, cogió torpemente un cuchillo de una de las mesas auxiliares.
- ¿Ahora resulta que todos estaban armados desde un principio? - gritó Pereiro con verdadero asombro.
- ¡Pereiro! ¡Kant es el asesino! ¡Spinello y yo sabemos que ha arrancado una página de su libreta! - gritaba Mclovin mientras le quitaba el seguro a su revólver.
- ¡Tranquilos todos, que nadie cometa una locura! ¿Y que demonios intenta hacer con ese cuchillo, Garcis? - gritaba Pereiro con voz incrédula y chillona, por la presión del momento.
- ¡Improvisar, maldita sea! - se le escuchó decir al profesor Garcis.
- ¡¿Por qué me apunta, Pereiro?! - anunció Piñavera sorprendido.
- ¡A mí me preocupa más que el loco de su ayudante negro se dedique a apuntar a todo el mundo, Pereiro! - dijo a su vez De la Rouge, temeroso.
- ¡Yo no he matado a nadie! ¡Alguien me la ha jugado! - esta vez fue Kant el que hablaba, sudoroso y con el aspecto de haber sufrido una paliza.
- ¡No tienes excusas Kant! ¡Íbamos a pillarte, te pusiste nervioso y actuaste sin pensar! - el general Spinello, con la cara roja e hinchada, apretaba con fuerza su Remington.
- ¡Por todos los santos! ¡Bajen sus armas! ¡General, mantenga la calma! ¡Mclovin! ¡Podemos hablar esto pacíficamente! - el tono conciliador de Pereiro no parecía surtir efecto en nadie.
- ¡Por Dios, Spinello! ¡Manten la calma, que ya disparaste por equivocación a un alguacil una vez! - dijo De la Rouge, y no consiguiendo el efecto deseado.
- ¿Qué dices? ¿Qué soy de gatillo fácil? ¡Eso fue una falacia que contaron para desacreditarme! - mientras hablaba, Spinello zarandeaba su arma y varios de los presentes respondían tambaleándose por acto reflejo.
- ¡No hay nada que discutir! ¡Kant lo hizo, y todo lo que diga no hará más que confundirnos! - gritó Mclovin, cada vez estaba más nervioso y furioso.
- ¿Y que propones Mclovin? ¡Seguimos sin pruebas! - el tono pacífico de Pereiro desapareció, reemplazándolo por la agresividad que todos parecían mantener.
El rostro de Mclovin expresaba rabia pura y el resto adivinaba que en el fondo no era del todo consciente de lo que decía y de lo que pensaba. Kant en cambio se mostraba más sereno aunque asustado.
- ¡Reconócelo, Kant! ¡Reconoce que tu escribiste las amenazas! - le ordenó Spinello con un tono más sosegado.
Kant retiro el arma, levantando las manos. Miró a Mclovin y a Spinello, jadeando.
- De acuerdo, de acuerdo. Si, yo escribí esas cartas...- la explicación de Kant fue interrumpida violentamente por un disparo que le atravesó la sien. El profesor cayó muerto delante de todos y el tiempo se detuvo. Todos los presentes se miraron entre sí, aterrados. La única arma cuyo cañón despedía humo era la de Lockslo T. Mclovin...
En la biblioteca, Lewis Janson parecía concentrado visualizando todos los apuntes de Ruibobille. Daniels se acercó al loro y le ofreció una de las galletas de un plato cercano a la jaula. En silencio recordó la noche que escuchó aquellas mismas palabras en esa biblioteca. Estaba haciendo su rutinaria visita nocturna a Alexander, Rufus le comunicó que se encontraba en la biblioteca y al acercarse lo oyó pronunciando aquellas tres palabras en voz alta. "Yo lo maté..." En ese momento no sabía a qué se refería, luego todo cambió, y el destino quedó echado. El pulcro silencio de la biblioteca incomodó de repente a Lewis, y levantó la mirada para ver a Daniels. El doctor miró de nuevo su reloj de bolsillo y luego se encontró con la mirada de Janson.
- Te repito de nuevo que estás muy raro, Magnus...pensaba que todos estos documentos te interesarían...
Daniels se acercó a Lewis lentamente, guardando el reloj, y sonreía mientras lo hacía.
- Bueno, eso es porque ya sé que es lo que contienen, Lewis...
- ¿Ah, sí? A veces me sorprendes, Daniels...Siempre tan callado y absorto en tus pensamientos, y luego resulta que sabes más de lo que aparentas. - rió Lewis volviendo la mirada a los documentos. - La verdad es que todo esto, es sorprendente...Alexander se metió en un lio impresionante. Todo esto...En fin, nunca pude imaginar que sería capaz de llevarlo tan lejos...Tantos datos, tantas variables e investigaciones...sin duda perdió la cabeza.
- Si...Podría decirse casi que Alexander Ruibobille llevaba años muerto, ¿verdad? - pudo decir Daniels con un deje de amargura en su ronca voz.
- Hombre, tanto como eso...Siempre creí que se recuperaría...en fin...
- ¿La muerte de Mara, no?
Janson levantó el cabeza, sorprendido. - ¿También sabias eso? Vaya con el doctor...
- Bueno, en una profesión como la mía, hay que saber...cosas...
Lewis se incorporó y se llevó la mano a la frente. De repente parecía encontrarse mal.
- Creo que no me encuentro bien, esas malditas vacunas y sus efectos secundarios...no te equivocarías con las dosis, ¿no?
- Puedo asegurarte que no, Lewis...
- Pues desde luego podrías haberme advertido de que iba a dolerme tanto...
- En ese caso quizás habrías opuesto resistencia ante la idea de vacunarte.
- Como si fuera una niña pequeña...Mejor este dolor y prevenir la enfermedad... - a pesar de que seguía bromeando, Janson empezó a volverse blanco y a verse asaltado por sudores fríos.
- La verdad es que dudo que prevengas muchas enfermedades ya, Janson...Daniels se acercó a la puerta y echó la llave. Janson tropezó y se tendió en el suelo, casi incapaz de moverse.
- Daniels... ¿Pero qué...qué me has hecho?
- Darte tu merecido, simplemente. - la voz de Daniels sonaba indiferente, ausente. Divisó una botella de vino en una de las mesas, se acercó y aprovechó la copa sin estrenar que tenía justo al lado.
Tras probar el vino, volvió la mirada como si fuera la primera vez que se percatara de la presencia de Lewis Janson.
- Prefiero el vino tibio, ¿sabes? Me permite saborear mejor su sabor, en vez de sentirme atraido por la idea de beber rápido y refrescarme el gaznate. Y pensar que es la primera copa que me tomo en serio esta noche...
- ¿Por qué? ¿Po qué ibas tú a querer matarme? - Janson intentaba a duras penas volver a incorporarse, su tono de piel ya era la de un difunto.
- ¿Tanto te cuesta pensar en motivos? Creías que no iba a enterarme, que nadie lo haría...Hablo de tus amenazas a Rosaline, ¡sí! ¡Aprovechándote de su pasado para tus pérfidos planes! ¿Cuánto tiempo estuvisteis tú y Kant maquinando, eh? Ya sabes...el haceros con mis propiedades, ¡obligando a Rosaline a seducirme para que yo aceptara vuestros tratos!
Janson abrió mucho los ojos y la derrota se transparentó en su rostro. No dijo nada, puesto que nada tenía que decir...
- ¡¿Nunca contaste con eso, verdad?! Que ella se enamorara y me lo confesara todo...Perro rastrero... ¡Siempre creíste que podrías traicionarme de esa manera y que ibas a salir impune! Pero se acabó, Lewis...Se acabó para ti, y seguramente también para Kant...No volveréis a estafar a personas decentes... - Daniels dejó la copa y se agachó, sin apartar en ningún momento la mirada de la cara de su antiguo amigo agonizante. Lewis cerró los ojos y dejó de esforzarse por levantarse, retorciéndose por el dolor.
- ¿Qué te pasa, Lewis? No seas pesimista, hombre...Después de todo, este es tu año... ¿no?
martes, 17 de agosto de 2010
Revuelo
Los días fuera de Sevilla han acabado. Cómo resultado, he vuelto más inquieto que nunca, y casi puedo sentir mi sangre agitándose en este momento. Sólo tengo ganas de coger el coche y salir sin rumbo fijo, perderme en la noche en busca de las luces de la ciudad. Es raro el cambio de haber pasado varios días en un sitio como Vilamoura o Albufeira...Todo lleno de vida, por todas partes, para alguíen cómo yo, que siempre está pendiente de todo, es un juego interminable de miradas y descubrimientos. Hay que volver, es lo único que tengo claro.
Ahora siento el calor y el entumecimiento de las articulaciones...Al menos he vuelto a correr, en forma de caballo de carreras contra un éjercito de niños onubenses (tal como suena), pero algo es algo. Y los malditos demonios me dejaron literalmente muerto, y aún ahora sigo sintíendo las costillas con más intensidad que las propias manos. Y francamente, así me siento mejor.
Sigo inquieto, capaz de salir aunque fuera a dar un paseo nocturno. Ir a charlar con el vigilante o aventurarme a andar y andar, perdiéndome por Gines, o en otra dirección...Miedo me daría avanzar sin mirar adonde...Y sigue dándome miedo todo, un miedo horrible...pero eso sólo es un motivo más para seguir adelante. ¿Qué emoción tendría no hacer nada o esperar a que algo pasase? Demasiado paciente soy ya...
Y la cabeza vuelve a darme vueltas, encontrando mil obstáculos que me obliguen a frenarme. ¿De verdad merece eso la pena? ¿Por qué ibas a hacer algo si estas seguro de perder? Tss...¿acaso no somos lo suficiente ilusos y necios ya cómo para encima ir con falsos orgullos por la vida? Nos hemos caido ya mil veces, y si no nos preocupara tanto que alguíen nos viera caer, nos caeriamos más. Y quizá asi aprenderíamos a tropezar menos...
Sigo inquieto, con rabia ante el pasado, ante los engaños, ante las falsas esperanzas y los malditos fracasos. Y mi inquietud me lleva a imaginarme lo que no es, lo que podría ser y lo que me gustaría que fuese. Y me desboco por culpa de las malditas evidencias...Habrá que continuar el camino, ya que no se puede volver atrás...Y maldita sea, más me vale dejar de parar a lamentarme por todo lo que no pude cambiar...
Porque lo que de verdad importa es lo que hagas a partir de ahora.
Ahora siento el calor y el entumecimiento de las articulaciones...Al menos he vuelto a correr, en forma de caballo de carreras contra un éjercito de niños onubenses (tal como suena), pero algo es algo. Y los malditos demonios me dejaron literalmente muerto, y aún ahora sigo sintíendo las costillas con más intensidad que las propias manos. Y francamente, así me siento mejor.
Sigo inquieto, capaz de salir aunque fuera a dar un paseo nocturno. Ir a charlar con el vigilante o aventurarme a andar y andar, perdiéndome por Gines, o en otra dirección...Miedo me daría avanzar sin mirar adonde...Y sigue dándome miedo todo, un miedo horrible...pero eso sólo es un motivo más para seguir adelante. ¿Qué emoción tendría no hacer nada o esperar a que algo pasase? Demasiado paciente soy ya...
Y la cabeza vuelve a darme vueltas, encontrando mil obstáculos que me obliguen a frenarme. ¿De verdad merece eso la pena? ¿Por qué ibas a hacer algo si estas seguro de perder? Tss...¿acaso no somos lo suficiente ilusos y necios ya cómo para encima ir con falsos orgullos por la vida? Nos hemos caido ya mil veces, y si no nos preocupara tanto que alguíen nos viera caer, nos caeriamos más. Y quizá asi aprenderíamos a tropezar menos...
Sigo inquieto, con rabia ante el pasado, ante los engaños, ante las falsas esperanzas y los malditos fracasos. Y mi inquietud me lleva a imaginarme lo que no es, lo que podría ser y lo que me gustaría que fuese. Y me desboco por culpa de las malditas evidencias...Habrá que continuar el camino, ya que no se puede volver atrás...Y maldita sea, más me vale dejar de parar a lamentarme por todo lo que no pude cambiar...
Porque lo que de verdad importa es lo que hagas a partir de ahora.
lunes, 16 de agosto de 2010
Cluedo (6º parte)
Después de las vacaciones fuera, vuelvo con el relato, que cada vez parece alargarse más en mi cabeza antes que lo contrario. No sé como saldrá al final, pero bueno, lo que me estoy riendo no me lo quita nadie, ¡y cuento con mi editora para que me frene si me vuelvo loco! (¡Ya hablaremos de tu sueldo, señorita!... :) xDDDD)
6. El interrogatorio
- Uno, dos, tres, cuatro...
Una niña de unos doce años con traje de baño cantaba sentada en el extremo de un viejo muelle mientras se tostaba bajo el sol de agosto. Sonreía y movia incesantemente las piernas, jugueteando con el agua y con su reflejo. Estaba tan sumida en su labor que no percibió en ningún momento al chico que venía de puntillas por detrás.
-...cinco, seis, siete, ocho...
Cuando el chico estuvo lo suficientemente cerca, levantó los brazos y empujó a la joven al agua. Cuando la niña volvió a la superficie oyó la risa triunfante de su atacante. Estaba de hecho tan orgulloso de su hazaña que no se dio cuenta de que alguien se aproximaba al muelle. Segundos después, el chico era empujado a su vez al agua. La chica aprovechó el momento para darle un escarmiento a base de ahogadillas, entre risas. El tercer chico, bastante más alto que el otro, se tiró de cabeza al lago. El primer chico, algo enfadado, refunfuñaba mientras se acercaba a la orilla.
- ¿Adónde vas llorica? - reía con sorna el chico alto.
- A por alguna piedra, a ver si te alcanzo - le respondió riendo también.
- ¡Eh! ¿Visteis al chico nuevo del colegio? ¿Parece un poco rarito, no? - preguntó la chica.
- ¿Y por qué dices eso, Lucy? - preguntó el chico alto con incertidumbre
- No sé. Porque siempre está muy callado. Y siempre llevaba con él a todas partes esa libreta. ¿Cómo se llamaba? - Lucy se dirigía al otro chico, que había salido del agua y se había sentado en el mismo lugar dónde antes estaba ella. Este la miró cruzándose de brazos.
- Ni idea. Creo que es judío. A lo mejor por eso es tan raro...
- ¿Qué tiene que ver? - preguntó el alto con curiosidad
- Pues que no es de aquí, porras. Se sentirá cómo un pez fuera del agua o algo así - respondió el joven sentado mientras ponía cara de besugo. Lucy sonrió y el chico más alto parecía seguir sin entenderlo.
- ¿Sigues sin hablarte con Mara? - le preguntó Lucy al chico sentado después de haber nadado un rato.
- Es una tonta. Siempre se enfada por todo. - le contestó mientras se acostaba en el muelle.
- ¡Ja, ja, ja! Mira quien lo dice. - el chico alto salió también y se sentó al lado del otro. Lucy los miraba divertida mientras seguía nadando.
- ¿Qué dices chalado? Yo no me enfado tanto.
- No que va...
- A Alex le gusta Mara, a Alex le gusta Mara... - Lucy empezó a cantar con mirada socarrona. El chico alto se unió a ella tarareando.
Alexander se levantó, rojo como un tomate y les dio la espalda. En ese momento oyó a su madre que los llamaba para ir a comer. Se paró en seco, se dio la vuelta y exhibió su mejor sonrisa.
- El último que llegue se queda sin postre. - salió a correr antes de terminar la frase y el otro chico se levantaba a su vez para seguirle mientras le maldecía.
- ¡Eh! ¡Esperadme! ¡Lewis, Alex! - gritaba Lucynella mientras asimilaba que se había quedado sin postre.
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Pereiro le contaba de forma resumida a Bifouf todo lo ocurrido mientras Xabier, apoyado en la mesa de billar, fumaba y escuchaba detenidamente. Pepelieu paseaba por la habitación con curiosidad, observando los cuadros y la decoración. Tras terminar el relato, Bifouf resopló y fue a prepararse una copa. Xabier veía a Pepelieu interesado en el cuadro más grande de la sala, que mostraba a un grupo de hombres jugando al póquer.
- Mi hermano siempre decía que el cuadro tenía truco. Siempre le gustaron los misterios y los acertijos ocultos. Este cuadro es solo uno de los ejemplos que podréis encontrar por la mansión.
Bifouf se acercó al cuadro y lanzó una risotada. - No es muy complicado. Es evidente que la ronda va a ganarla el del sombrero de copa.
Xabier frunció el ceño sorprendido momentáneamente por la afirmación de Bifouf. Pereiro sonrió con cierto aire melancólico recordando antiguas anécdotas de un estilo parecido vividas con Mannel, y en especial una en la que el propio Alexander estuvo implicado. Bifouf y Ruibobille se enzarzaron en aquella ocasión en una divertida partida de deducciones e inducciones, saliendo Alexander victorioso por sorpresa de todos.
- ¿Y cómo lo sabes? - preguntó Xabier intrigado. Fue Pereiro quien le respondió.
- El caballero del sombrero es el único que está mirando a la mesa directamente en vez de a sus cartas, dejando clara su seguridad. Aparte juguetea con sus fichas, lo que demuestra su impaciencia por seguir apostando.
Xabier miró detenidamente el cuadro y lanzó un ligero bufido. - Es tan solo un cuadro, de todos modos...La vida real nunca se plantea de forma tan sencilla.
Rufus entró en la sala de billar, acompañado de la baronesa Lecumlora y del profesor Kant. Pereiro les saludó cordialmente y les pidió que tomaran asiento. Luego se sentó en una butaca enfrente de las que les había indicado y junto a él Pepelieu. Bifouf se acomodó en una esquina en calidad de observador. Lucynella se acercó a Xabier y lo abrazó. Kant le dio la mano y el pésame. Después, Ruibobille se acercó al bar para servirse una copa de ron.
- Bien. Baronesa Lecumlora, me gustaría comenzar esta sesión con usted. Son muchas las dudas que albergo con respecto a este caso y toda la ayuda que tanto vos como cualquier otro de los invitados pueda facilitarme me permitirá esclarecer cuanto antes los hechos.
- No debería andarse con rodeos, Joao. Hace bastante que dejamos de ser considerados unos meros invitados... - respondió Lucynella con frialdad.
- Si, bueno. No pretendo acusar a nadie en concreto de todas maneras. Aún no al menos. Entiendo que Alexander apreciaba a cada uno de ustedes y por lo que sabemos no albergaba en un comienzo la sospecha de que ninguno quisiera asesinarle.
- ¿Sospecha de mí, pues? Bien, pregunte lo que quiera, no tengo nada que esconder.
- ¿Cómo definiria su relación con Ruibobille?
- Alexander y yo hemos sido muy buenos amigos. Nos conocemos...nos conocíamos desde pequeños, y aunque nuestros caminos se han separado durante mucho tiempo siempre hemos vuelto a reencontrarnos...En fin, yo he viajado mucho, a veces sola, a veces con alguno de mis anteriores maridos.
- Ajá. ¿Cuántas veces ha estado casada?
- Tres veces...Acabo de divorciarme del último...
Pereiro se acercó a Pepelieu y comenzó a susurrarle. "Apunta, posible caso de viuda negra..."
- Veo entonces que es una dama de vida agitada. Supongo en ese caso que apenas tendrá idea de que Alexander sufría amenazas...
Lecumlora miró a su alrededor y solo encontró un ligero cambio en Kant. El resto parecía al tanto de aquello.
- ¿Amenazas? ¿De quién?
- Suponemos que de su asesino. Le ha estado escribiendo varias cartas. Desconocemos el motivo.
Lucynella cerró los ojos y suspiró levemente. Apretó el puño y dejó escapar en voz baja algunas palabras.
- No puedo creer que al final llegara tan lejos...
- ¿A qué te refieres? - Pereiro se inclinó hacia delante. Todos los presentes parecían ahora más interesados en las palabras de Lucynella.
- No es que esté muy segura, pero...digamos que tengo entendido que Alexander, bueno...se metió en algunos asuntos en los que no debía...
- ¿Qué clase de asuntos?
- Hizo una inversión arriesgada...Nos lo contó a Lewis y a mí, solía contárnoslo todo en realidad.
Xabier se removió ante el comentario de Lucynella. ¿Inversión arriesgada? ¿Que se lo contaba todo a ellos?
- ¿Asi que Janson también lo sabe? - Pereiro volvió a acercarse a Pepelieu y le indicó que agregara a la lista de sospechosos importantes a Lewis Janson.
- Lewis y yo somos...éramos sus amistades más antiguas, Joao. Ninguno tenía secretos para los otros dos.
- Me cuesta creer eso al hablar de Ruibobille. Siempre ha sido muy reservado con todo el mundo.
- Si, si, no lo niego...Pero era humano, y necesitaba desahogarse. Estaba sometido a mucha presión como primogénito de los Ruibobille y continuamente tenía que demostrar sus actitudes frente a su padre...
- Supongo entonces que también hablaría con vosotros de temas más personales...
- ¿A que se refiere, Pereiro?
- Ya sabe a que me refiero, a su vida sentimental.
- ¿Y es estríctamente necesario hablar de eso ahora?
- A menos que tengas algo que esconder, si. Necesitamos saber todo lo posible, un único dato podría ser esencial para la investigación. - Lecumlora comenzó a mostrar señales de estar cabreándose. Bifouf se acomodó en su asiento, con expresión seria.
- No. Ya te he dicho que no tengo nada que esconder. - el tono de Lucynella sonaba más a amenaza que a certeza.
- Mi hermano está muerto, Lucy...Lo escondía todo, no le contaba nada a mi madre, ni a mi padre, y siempre he creído que todas sus ideas, lo que pensaba y lo que escondía se lo llevaría a la tumba...Por favor, si no nos lo cuentas tú, nunca sabremos en qué demonios pensaba el maldito Alexander Ruibobille. - Xabier se había acercado mucho y hablaba con rabia, pero no era rabia hacía Lucynella, sino hacia un hermano que la había preferido a ella cómo confidente antes que a su propia familia.
Lecumlora lo miró con tristeza y su orgullo se desmoronó. Permaneció callada unos instantes antes de volver a hablar. Kant le hizo una seña a Pereiro para que le devolviera su libreta un momento.
- De acuerdo...No quiero traicionar la confianza de Alexander...pero Xabier tiene razón. Tanto él como nosotros fuimos egoístas al no contar nada..a quien tendría que haberlo sabido...Nunca paramos de decirle que tenía que contar con su familia y hablar con ellos, que podían ayudarle tanto o más que nosotros...Pero no nos escuchaba...Llegó un momento en el que dejó de escuchar...Y ya no volvió a ser el mismo. Todos tendríais que saber a qué me refiero. No volvió a ser el mismo desde entonces.
Pereiro reflexionó durante un momento y creyó saber a qué se refería Lecumlora. Cuatro años atrás, recordó una tarde que fue a visitar a Ruibobille y su actitud le pareció de lo más extraña. Lo encontró ausente, apagado, sin vida, sin energía. Algo le había ocurrido, algo gordo...Pero nunca supo el qué...A partir de ese día, el Alexander Ruibobille que resolvía acertijos y se interesaba por cualquier tema desapareció, siendo sustituido por un hombre gris que sobresalía poco y apenas llamaba la atención. Seguía dando fiestas y seguía reuniéndose con sus amistades, pero nunca de la misma forma que antes, y más por compromiso que por placer. El silencio se mantuvo a la espera de que Lucynella volviera a hablar.
- Alexander ha pasado casi toda su vida enamorado de la misma chica...Es posible que tu la conocieras, Xabier. Se llamaba Mara Cornuelles...
- ¿Mara? Tiene que ser una broma...¡Si no se soportaban! - Xabier no daba crédito a lo que oia. Y cada vez se sentía más imbecil ante la ignorancia que había soportado tantos años.
- ¿Alguien podría ponerme al corriente? - preguntó Pereiro.
- Mara Cornuelles creció junto a nosotros aquí. Era hija de Arthur Cornuelles, si, el de los vinos. Ella pasó la mayor parte de su vida enferma, y debido a ello su familia solía sobreprotegerla demasiado, impidiendo que hiciera vida normal. Tenía un carácter bastante fuerte y a pesar de sus dificultades no se rendía con facilidad. Comenzó a salir con Alexander a partir de los dieciseis años, si no me equivoco. - Las palabras fluyeron de la boca de Anthony Kant mientras apuntaba algo en su libreta. Lucynella lo miró totalmente perdida.
- ¿Y Kant también sabía todo eso? - preguntó Xabier, casi riendo.
- Yo no...No sabía que estabas al tanto, Kant... - respondió Lecumlora.
- No olvides que también crecí aquí, Lucynella...Soy discreto, y digamos que me enteré por suerte de una casualidad. Por supuesto le prometí a la pareja no contar nada de lo suyo. El padre de Mara los habría matado.
- Eso no lo dudo. Cornuelles siempre mostraba sus colmillos a todo el que miraba a su hija, y solían ser bastantes los pretendientes. Una pena lo que le ocurrió, y ahora que me decís que mi hermano...
- ¿Qué le ocurrió? ¿Murió? - Pereiro se levantó y encendió su pipa.
- Si...Ella...Era víctima de cierta enfermedad hereditaria, un defecto genético... Nunca lo entendí realmente...Pero Alexander se obsesionó con curarla...Hasta que ya no pudo...- respondió Lucynella.
- ¿Quieres decir que estuvieron juntos hasta el final? - preguntó Xabier, aunque creía saber la respuesta.
- Así es...Y cuando murió, Alexander cambió. Lo que quería decir con lo de la inversión, tenía que ver con aquello. Creía que era su deber, y con todo su dinero, no tenía excusa...
- ¡Vaya! ¡Si resulta que también he descubierto porqué dejó de hablarse con nuestro padre!Esa inversión...- Xabier andaba de un lado para otro, inquieto y nervioso.
- Xabier...entiéndelo. Para él nada fue fácil...- le dijo Lecumlora intentando calmarlo.
- ¿Y qué iba a saber yo? Me estás diciendo que a partir de la muerte de Mara empezó a buscar una manera de evitar lo que fuera que le ocurrió de cara a otros, ¿no?. Si es que lo sabía...Se le fue la pinza e intentó calmar su desesperación salvando a otros...Por eso me daba tantas charlas.
- Aquello no salió bien. Empezó a reunirse con algunos científicos, expertos en el tema...Y se le fue de las manos.
- Siento interrumpir, pero debo disculparme un momento. - dijo Kant súbitamente. Tras la aprobación de Pereiro, que seguía interesado en la conversación, salió de la habitación. Dejó su libreta encima de la mesa del café.
Rufus también aprovechó para marcharse, parecía sentir que estaba enterándose de cosas fuera de su incumbencia. Mientras perdía de vista a Kant, que se dirigia en la dirección contraria al salón, reparó en que parecía llevar un trozo de papel en la mano. Se metió la mano en el bolsillo y tanteó el manojo de llaves, seguro de que toda la mansión seguía aislada. Luego tomó rumbo a su cuarto. Se encontró a De la Rouge en la puerta, solo, fumando. No parecía tener muy buena cara.
- Ah, Rufus. Supongo que no te importará que fume. Acabo...de enterarme de...
- Lo entiendo, señor De la Rouge...
- ¿Podrías adelantarme lo que está ocurriendo? Noelesía ya me ha contado que Pereiro anda por aqui.
Rufus le contó a De la Rouge lo que había pasado en su ausencia y lo que la baronesa Lecumlora había contado en la sala de billar.
- ¿Y me dices que Kant salió de allí de repente con un papel en la mano? ¿Y si iba a librarse de una prueba?
- ¡Recorcholis! - De la Rouge y Rufus salieron pitando en busca de Kant.
En la sala de billar, el grupo seguía hablando de las inversiones de Ruibobille. Lucynella no sabía realmente demasiado de todo aquello, quitando lo que el propio Alexander le contó, que no era demasiado.
- Tiene sentido. El libro que encontré en el despacho de Alexander y la nota...Sin duda el asesino tiene que ver con todo esto. Le recriminó por algo, algo que Alexander hizo o permitió...Fuera lo que fuera aquello en lo que se metió, tiene que haber algo en su despacho que lo... - Pereiro se detuvo de repente en mitad de su paseo. - ¡Por todos los dioses del Olimpo! ¡Los números!
Con su grito consiguió que todos se sobresaltaran. Sacó rapidamente algo de su bolsillo y se lo pasó a Bifouf.
- Esta debe ser la combinación de la caja fuerte.
- ¿Dónde?... - acertó a preguntar Xabier.
- En el cuarto de Rufus. La princesa Noelesía me dijo que estaba dentro de un cajón.
- ¿Rufus? ¿Y que hacía ese código alli? - dijo Xabier.
- Aún más importante. ¿Tenemos pruebas de que Noelesia realmente sacó ese papel de allí? - dijo Bifouf mostrando ser el único que mantenía cierta calma.
- Solo hay una forma de averiguarlo, sin duda. Y parecía que Rufus tenía prisa cuando se fue... - anunció Pereiro sacando su revolver. Lucynella se llevó las manos a la boca y Pepelieu esbozó una amplia sonrisa.
- ¡Por fin algo de acción! - gritaba mientras sacaba una escopeta de su equipaje.
- Ejem...creo que tampoco hay que exagerar, Pepelieu... - dijo Pereiro señalándole que bajara el arma. Pepelieu se mostró abatido.
Pereiro miró a Xabier y a Bifouf y le pidió a la baronesa que volviera al salón con toda la discreción posible.
- Aún no necesitamos un pánico generalizado, puesto que no tenemos nada en claro. Siga allí y mantenga la calma, y...gracias por su colaboración. - Pereiro y los otros dos hombres salieron de la sala de billar. Lecumlora se apoyó en la mesa de billar, con la vista fijada en el suelo.
- ¿Por qué no pudiste dejarla ir, Alexander...?
En el salón, Daniels espiaba a todos los presentes desde el sillón en el que antes estaba Kant. Reparó de repente en que Spinello y Mclovin abandonaban la sala con prisa. Una mirada a Garcis y a Lewis bastó para que decidieran seguir a los hombres. Les perdieron el rastro tras un rato, lo que hizo entender que avanzaron corriendo. Garcis se fijó en una puerta que estaba entreabierta y decidió echar un vistazo.
- No recuerdo esta habitación. - dijo con curiosidad.
- Es la biblioteca. Solo Ruibobille tenía la llave. - respondió Lewis.
- ¿Y entonces que hace abierta? - preguntó Daniels.
Los tres hombres se miraron, alertados. Abrieron la puerta de la biblioteca con cautela y al notar que no había nadie entraron. El lugar parecía mucho más amplio que el resto de las habitaciones de la mansión. Varias columnas y estanterias decoraban las paredes, repletas de libros. Algunos incluso se amontonaban en el suelo y en las mesas. Algunos pergaminos y documentos desordenados ocupaban la mesa central, cercana a la chimenea.
- ¿Es que todas las habitaciones tienen su propia chimenea? - soltó Garcis irritado.
- ¡Yo lo maté!
El ruido hizo que Garcis soltara un grito descontrolado y Daniels y Lewis miraran a todas partes. Daniels se fijó de repente en que Lewis había sacado un revolver. Pronto notaron cual había sido el foco de lo que oyeron.
- ¡Yo lo maté! ¡Yo lo maté! - repetía el loro desde su jaula.
- ¡Maldito demonio emplumado! Que susto me ha dado...- dijo Garcis recuperando la compostura.
- ¿Que hace este bicharraco aqui? No sabía que Ruibobille tuviera un loro. - dijo Lewis acercándose al pájaro.
- Yo tampoco sabía que tu llevaras un arma encima, Lewis... - respondió Daniels mirando seriamente a Janson.
- Es...por seguridad, Daniels. - Janson sonrió y dejó el revolver en la mesa llena de papeles.
Garcis se acercó a la chimenea y se dio cuenta de que había un papel quemado, y parecía haber sido arrojado recientemente.
- Ruibobille ha estado obsesionado ultimamente con algo. Todos estos papeles...
¿Eugenesia? ¿Qué es eso, Daniels?
- ¿Por qué das por sentado que yo lo sé?
- ¿Lo sabes o no?
- Creo que es reciente. Una serie de investigaciones sobre los rasgos hereditarios, no estoy seguro...
- Estás como ausente, llevas así toda la noche. ¿Se puede saber que te ocurre?
- ¿Te parece suficiente razón la muerte de uno de nuestros mejores amigos, Janson?
- Yo lo conocia antes, y bastante mejor que tú, doctor.
- Pues no parece que te haya importado mucho su muerte, la verdad...
- ¡Claro que me importa! Es solo que...
- Por dios, dejad de discutir. Creo que hay algo en la chimenea. - les cortó Garcis intentando coger el papel con las pinzas.
Mientras Garcis lidiaba cn las brasas, De la Rouge y Rufus entraban corriendo en la biblioteca. Le preguntaron a los hombres si habían visto a Kant y ante la negativa se dieron cuenta de lo que intentaba Garcis. Aún así, no había mucho que salvar. De la Rouge explicó sus sospechas a los tres hombres.
- Sea lo que fuera, ya no tiene remedio. Kant no puede escapar de todos modos.- dijo Daniels ante el abatimiento de los recién llegados.
- Bien, deberiamos dividirnos para buscarlo. - decía De la Rouge mientras intentaba recuperar el aliento.
- ¿Y Noelesia, Paul? - preguntó Daniels.
- Sigue en el cuarto de Rufus, creo. O se habrá ido al salón. ¿Por qué?
- Porque estando encerrados en una mansión con un asesino, no deberías dejarla sola, creo yo. Ve a por ella. Rufus y Garcis podrían buscar a Kant. Yo quisiera quedarme a investigar los papeles de Alexander. Quizás encontremos algo. ¿Te quedas Lewis?
- Si, si. Puede que encontremos alguna prueba contra Kant...aunque me cuesta creer que él precisamente...
- De acuerdo, de acuerdo. Pues lo haremos así. Puff, quien me mandaría beber hoy... - resopló De la Rouge poníendose en marcha.
- Avisadnos con lo que sea. - dijo Garcis saliendo a su vez de la sala.
- Oye Rufus, ¿y el loro? - preguntó Lewis.
- Fue un regalo...de la señorita Cornuelles al señor, ya hace bastante tiempo...- respondió con seriedad. Al oir el apellido de Mara, Janson se quedó de piedra. Lo comprendió de repente y le asintió a Rufus. Por la cara del mayordomo intuyó que estaba al tanto.
- ¿Qué me he perdido? - preguntó Daniels mientras observaba como el mayordomo cerraba la puerta detrás suya.
- No es nada, no es nada. Bueno, pongámonos a ello, doctor.
Lewis se quitó la chaqueta y comenzó a ojear la mesa de la biblioteca. Las llamas de los candelabros creaban monstruosas sombras a los pies de los dos invitados. Daniels se fijo en que uno de ellos había caido al suelo y estaba sujeto por una cuerda. Luego se acercó a la mesa, tenso, y sin apartar la vista del revolver de Janson, en la otra punta. Y en mitad del silencio, de vez en cuando se oía al loro de Ruibobille, que repetía lo mismo una y otra vez.
- ¡Yo lo maté! ¡Yo lo maté!
6. El interrogatorio
- Uno, dos, tres, cuatro...
Una niña de unos doce años con traje de baño cantaba sentada en el extremo de un viejo muelle mientras se tostaba bajo el sol de agosto. Sonreía y movia incesantemente las piernas, jugueteando con el agua y con su reflejo. Estaba tan sumida en su labor que no percibió en ningún momento al chico que venía de puntillas por detrás.
-...cinco, seis, siete, ocho...
Cuando el chico estuvo lo suficientemente cerca, levantó los brazos y empujó a la joven al agua. Cuando la niña volvió a la superficie oyó la risa triunfante de su atacante. Estaba de hecho tan orgulloso de su hazaña que no se dio cuenta de que alguien se aproximaba al muelle. Segundos después, el chico era empujado a su vez al agua. La chica aprovechó el momento para darle un escarmiento a base de ahogadillas, entre risas. El tercer chico, bastante más alto que el otro, se tiró de cabeza al lago. El primer chico, algo enfadado, refunfuñaba mientras se acercaba a la orilla.
- ¿Adónde vas llorica? - reía con sorna el chico alto.
- A por alguna piedra, a ver si te alcanzo - le respondió riendo también.
- ¡Eh! ¿Visteis al chico nuevo del colegio? ¿Parece un poco rarito, no? - preguntó la chica.
- ¿Y por qué dices eso, Lucy? - preguntó el chico alto con incertidumbre
- No sé. Porque siempre está muy callado. Y siempre llevaba con él a todas partes esa libreta. ¿Cómo se llamaba? - Lucy se dirigía al otro chico, que había salido del agua y se había sentado en el mismo lugar dónde antes estaba ella. Este la miró cruzándose de brazos.
- Ni idea. Creo que es judío. A lo mejor por eso es tan raro...
- ¿Qué tiene que ver? - preguntó el alto con curiosidad
- Pues que no es de aquí, porras. Se sentirá cómo un pez fuera del agua o algo así - respondió el joven sentado mientras ponía cara de besugo. Lucy sonrió y el chico más alto parecía seguir sin entenderlo.
- ¿Sigues sin hablarte con Mara? - le preguntó Lucy al chico sentado después de haber nadado un rato.
- Es una tonta. Siempre se enfada por todo. - le contestó mientras se acostaba en el muelle.
- ¡Ja, ja, ja! Mira quien lo dice. - el chico alto salió también y se sentó al lado del otro. Lucy los miraba divertida mientras seguía nadando.
- ¿Qué dices chalado? Yo no me enfado tanto.
- No que va...
- A Alex le gusta Mara, a Alex le gusta Mara... - Lucy empezó a cantar con mirada socarrona. El chico alto se unió a ella tarareando.
Alexander se levantó, rojo como un tomate y les dio la espalda. En ese momento oyó a su madre que los llamaba para ir a comer. Se paró en seco, se dio la vuelta y exhibió su mejor sonrisa.
- El último que llegue se queda sin postre. - salió a correr antes de terminar la frase y el otro chico se levantaba a su vez para seguirle mientras le maldecía.
- ¡Eh! ¡Esperadme! ¡Lewis, Alex! - gritaba Lucynella mientras asimilaba que se había quedado sin postre.
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Pereiro le contaba de forma resumida a Bifouf todo lo ocurrido mientras Xabier, apoyado en la mesa de billar, fumaba y escuchaba detenidamente. Pepelieu paseaba por la habitación con curiosidad, observando los cuadros y la decoración. Tras terminar el relato, Bifouf resopló y fue a prepararse una copa. Xabier veía a Pepelieu interesado en el cuadro más grande de la sala, que mostraba a un grupo de hombres jugando al póquer.
- Mi hermano siempre decía que el cuadro tenía truco. Siempre le gustaron los misterios y los acertijos ocultos. Este cuadro es solo uno de los ejemplos que podréis encontrar por la mansión.
Bifouf se acercó al cuadro y lanzó una risotada. - No es muy complicado. Es evidente que la ronda va a ganarla el del sombrero de copa.
Xabier frunció el ceño sorprendido momentáneamente por la afirmación de Bifouf. Pereiro sonrió con cierto aire melancólico recordando antiguas anécdotas de un estilo parecido vividas con Mannel, y en especial una en la que el propio Alexander estuvo implicado. Bifouf y Ruibobille se enzarzaron en aquella ocasión en una divertida partida de deducciones e inducciones, saliendo Alexander victorioso por sorpresa de todos.
- ¿Y cómo lo sabes? - preguntó Xabier intrigado. Fue Pereiro quien le respondió.
- El caballero del sombrero es el único que está mirando a la mesa directamente en vez de a sus cartas, dejando clara su seguridad. Aparte juguetea con sus fichas, lo que demuestra su impaciencia por seguir apostando.
Xabier miró detenidamente el cuadro y lanzó un ligero bufido. - Es tan solo un cuadro, de todos modos...La vida real nunca se plantea de forma tan sencilla.
Rufus entró en la sala de billar, acompañado de la baronesa Lecumlora y del profesor Kant. Pereiro les saludó cordialmente y les pidió que tomaran asiento. Luego se sentó en una butaca enfrente de las que les había indicado y junto a él Pepelieu. Bifouf se acomodó en una esquina en calidad de observador. Lucynella se acercó a Xabier y lo abrazó. Kant le dio la mano y el pésame. Después, Ruibobille se acercó al bar para servirse una copa de ron.
- Bien. Baronesa Lecumlora, me gustaría comenzar esta sesión con usted. Son muchas las dudas que albergo con respecto a este caso y toda la ayuda que tanto vos como cualquier otro de los invitados pueda facilitarme me permitirá esclarecer cuanto antes los hechos.
- No debería andarse con rodeos, Joao. Hace bastante que dejamos de ser considerados unos meros invitados... - respondió Lucynella con frialdad.
- Si, bueno. No pretendo acusar a nadie en concreto de todas maneras. Aún no al menos. Entiendo que Alexander apreciaba a cada uno de ustedes y por lo que sabemos no albergaba en un comienzo la sospecha de que ninguno quisiera asesinarle.
- ¿Sospecha de mí, pues? Bien, pregunte lo que quiera, no tengo nada que esconder.
- ¿Cómo definiria su relación con Ruibobille?
- Alexander y yo hemos sido muy buenos amigos. Nos conocemos...nos conocíamos desde pequeños, y aunque nuestros caminos se han separado durante mucho tiempo siempre hemos vuelto a reencontrarnos...En fin, yo he viajado mucho, a veces sola, a veces con alguno de mis anteriores maridos.
- Ajá. ¿Cuántas veces ha estado casada?
- Tres veces...Acabo de divorciarme del último...
Pereiro se acercó a Pepelieu y comenzó a susurrarle. "Apunta, posible caso de viuda negra..."
- Veo entonces que es una dama de vida agitada. Supongo en ese caso que apenas tendrá idea de que Alexander sufría amenazas...
Lecumlora miró a su alrededor y solo encontró un ligero cambio en Kant. El resto parecía al tanto de aquello.
- ¿Amenazas? ¿De quién?
- Suponemos que de su asesino. Le ha estado escribiendo varias cartas. Desconocemos el motivo.
Lucynella cerró los ojos y suspiró levemente. Apretó el puño y dejó escapar en voz baja algunas palabras.
- No puedo creer que al final llegara tan lejos...
- ¿A qué te refieres? - Pereiro se inclinó hacia delante. Todos los presentes parecían ahora más interesados en las palabras de Lucynella.
- No es que esté muy segura, pero...digamos que tengo entendido que Alexander, bueno...se metió en algunos asuntos en los que no debía...
- ¿Qué clase de asuntos?
- Hizo una inversión arriesgada...Nos lo contó a Lewis y a mí, solía contárnoslo todo en realidad.
Xabier se removió ante el comentario de Lucynella. ¿Inversión arriesgada? ¿Que se lo contaba todo a ellos?
- ¿Asi que Janson también lo sabe? - Pereiro volvió a acercarse a Pepelieu y le indicó que agregara a la lista de sospechosos importantes a Lewis Janson.
- Lewis y yo somos...éramos sus amistades más antiguas, Joao. Ninguno tenía secretos para los otros dos.
- Me cuesta creer eso al hablar de Ruibobille. Siempre ha sido muy reservado con todo el mundo.
- Si, si, no lo niego...Pero era humano, y necesitaba desahogarse. Estaba sometido a mucha presión como primogénito de los Ruibobille y continuamente tenía que demostrar sus actitudes frente a su padre...
- Supongo entonces que también hablaría con vosotros de temas más personales...
- ¿A que se refiere, Pereiro?
- Ya sabe a que me refiero, a su vida sentimental.
- ¿Y es estríctamente necesario hablar de eso ahora?
- A menos que tengas algo que esconder, si. Necesitamos saber todo lo posible, un único dato podría ser esencial para la investigación. - Lecumlora comenzó a mostrar señales de estar cabreándose. Bifouf se acomodó en su asiento, con expresión seria.
- No. Ya te he dicho que no tengo nada que esconder. - el tono de Lucynella sonaba más a amenaza que a certeza.
- Mi hermano está muerto, Lucy...Lo escondía todo, no le contaba nada a mi madre, ni a mi padre, y siempre he creído que todas sus ideas, lo que pensaba y lo que escondía se lo llevaría a la tumba...Por favor, si no nos lo cuentas tú, nunca sabremos en qué demonios pensaba el maldito Alexander Ruibobille. - Xabier se había acercado mucho y hablaba con rabia, pero no era rabia hacía Lucynella, sino hacia un hermano que la había preferido a ella cómo confidente antes que a su propia familia.
Lecumlora lo miró con tristeza y su orgullo se desmoronó. Permaneció callada unos instantes antes de volver a hablar. Kant le hizo una seña a Pereiro para que le devolviera su libreta un momento.
- De acuerdo...No quiero traicionar la confianza de Alexander...pero Xabier tiene razón. Tanto él como nosotros fuimos egoístas al no contar nada..a quien tendría que haberlo sabido...Nunca paramos de decirle que tenía que contar con su familia y hablar con ellos, que podían ayudarle tanto o más que nosotros...Pero no nos escuchaba...Llegó un momento en el que dejó de escuchar...Y ya no volvió a ser el mismo. Todos tendríais que saber a qué me refiero. No volvió a ser el mismo desde entonces.
Pereiro reflexionó durante un momento y creyó saber a qué se refería Lecumlora. Cuatro años atrás, recordó una tarde que fue a visitar a Ruibobille y su actitud le pareció de lo más extraña. Lo encontró ausente, apagado, sin vida, sin energía. Algo le había ocurrido, algo gordo...Pero nunca supo el qué...A partir de ese día, el Alexander Ruibobille que resolvía acertijos y se interesaba por cualquier tema desapareció, siendo sustituido por un hombre gris que sobresalía poco y apenas llamaba la atención. Seguía dando fiestas y seguía reuniéndose con sus amistades, pero nunca de la misma forma que antes, y más por compromiso que por placer. El silencio se mantuvo a la espera de que Lucynella volviera a hablar.
- Alexander ha pasado casi toda su vida enamorado de la misma chica...Es posible que tu la conocieras, Xabier. Se llamaba Mara Cornuelles...
- ¿Mara? Tiene que ser una broma...¡Si no se soportaban! - Xabier no daba crédito a lo que oia. Y cada vez se sentía más imbecil ante la ignorancia que había soportado tantos años.
- ¿Alguien podría ponerme al corriente? - preguntó Pereiro.
- Mara Cornuelles creció junto a nosotros aquí. Era hija de Arthur Cornuelles, si, el de los vinos. Ella pasó la mayor parte de su vida enferma, y debido a ello su familia solía sobreprotegerla demasiado, impidiendo que hiciera vida normal. Tenía un carácter bastante fuerte y a pesar de sus dificultades no se rendía con facilidad. Comenzó a salir con Alexander a partir de los dieciseis años, si no me equivoco. - Las palabras fluyeron de la boca de Anthony Kant mientras apuntaba algo en su libreta. Lucynella lo miró totalmente perdida.
- ¿Y Kant también sabía todo eso? - preguntó Xabier, casi riendo.
- Yo no...No sabía que estabas al tanto, Kant... - respondió Lecumlora.
- No olvides que también crecí aquí, Lucynella...Soy discreto, y digamos que me enteré por suerte de una casualidad. Por supuesto le prometí a la pareja no contar nada de lo suyo. El padre de Mara los habría matado.
- Eso no lo dudo. Cornuelles siempre mostraba sus colmillos a todo el que miraba a su hija, y solían ser bastantes los pretendientes. Una pena lo que le ocurrió, y ahora que me decís que mi hermano...
- ¿Qué le ocurrió? ¿Murió? - Pereiro se levantó y encendió su pipa.
- Si...Ella...Era víctima de cierta enfermedad hereditaria, un defecto genético... Nunca lo entendí realmente...Pero Alexander se obsesionó con curarla...Hasta que ya no pudo...- respondió Lucynella.
- ¿Quieres decir que estuvieron juntos hasta el final? - preguntó Xabier, aunque creía saber la respuesta.
- Así es...Y cuando murió, Alexander cambió. Lo que quería decir con lo de la inversión, tenía que ver con aquello. Creía que era su deber, y con todo su dinero, no tenía excusa...
- ¡Vaya! ¡Si resulta que también he descubierto porqué dejó de hablarse con nuestro padre!Esa inversión...- Xabier andaba de un lado para otro, inquieto y nervioso.
- Xabier...entiéndelo. Para él nada fue fácil...- le dijo Lecumlora intentando calmarlo.
- ¿Y qué iba a saber yo? Me estás diciendo que a partir de la muerte de Mara empezó a buscar una manera de evitar lo que fuera que le ocurrió de cara a otros, ¿no?. Si es que lo sabía...Se le fue la pinza e intentó calmar su desesperación salvando a otros...Por eso me daba tantas charlas.
- Aquello no salió bien. Empezó a reunirse con algunos científicos, expertos en el tema...Y se le fue de las manos.
- Siento interrumpir, pero debo disculparme un momento. - dijo Kant súbitamente. Tras la aprobación de Pereiro, que seguía interesado en la conversación, salió de la habitación. Dejó su libreta encima de la mesa del café.
Rufus también aprovechó para marcharse, parecía sentir que estaba enterándose de cosas fuera de su incumbencia. Mientras perdía de vista a Kant, que se dirigia en la dirección contraria al salón, reparó en que parecía llevar un trozo de papel en la mano. Se metió la mano en el bolsillo y tanteó el manojo de llaves, seguro de que toda la mansión seguía aislada. Luego tomó rumbo a su cuarto. Se encontró a De la Rouge en la puerta, solo, fumando. No parecía tener muy buena cara.
- Ah, Rufus. Supongo que no te importará que fume. Acabo...de enterarme de...
- Lo entiendo, señor De la Rouge...
- ¿Podrías adelantarme lo que está ocurriendo? Noelesía ya me ha contado que Pereiro anda por aqui.
Rufus le contó a De la Rouge lo que había pasado en su ausencia y lo que la baronesa Lecumlora había contado en la sala de billar.
- ¿Y me dices que Kant salió de allí de repente con un papel en la mano? ¿Y si iba a librarse de una prueba?
- ¡Recorcholis! - De la Rouge y Rufus salieron pitando en busca de Kant.
En la sala de billar, el grupo seguía hablando de las inversiones de Ruibobille. Lucynella no sabía realmente demasiado de todo aquello, quitando lo que el propio Alexander le contó, que no era demasiado.
- Tiene sentido. El libro que encontré en el despacho de Alexander y la nota...Sin duda el asesino tiene que ver con todo esto. Le recriminó por algo, algo que Alexander hizo o permitió...Fuera lo que fuera aquello en lo que se metió, tiene que haber algo en su despacho que lo... - Pereiro se detuvo de repente en mitad de su paseo. - ¡Por todos los dioses del Olimpo! ¡Los números!
Con su grito consiguió que todos se sobresaltaran. Sacó rapidamente algo de su bolsillo y se lo pasó a Bifouf.
- Esta debe ser la combinación de la caja fuerte.
- ¿Dónde?... - acertó a preguntar Xabier.
- En el cuarto de Rufus. La princesa Noelesía me dijo que estaba dentro de un cajón.
- ¿Rufus? ¿Y que hacía ese código alli? - dijo Xabier.
- Aún más importante. ¿Tenemos pruebas de que Noelesia realmente sacó ese papel de allí? - dijo Bifouf mostrando ser el único que mantenía cierta calma.
- Solo hay una forma de averiguarlo, sin duda. Y parecía que Rufus tenía prisa cuando se fue... - anunció Pereiro sacando su revolver. Lucynella se llevó las manos a la boca y Pepelieu esbozó una amplia sonrisa.
- ¡Por fin algo de acción! - gritaba mientras sacaba una escopeta de su equipaje.
- Ejem...creo que tampoco hay que exagerar, Pepelieu... - dijo Pereiro señalándole que bajara el arma. Pepelieu se mostró abatido.
Pereiro miró a Xabier y a Bifouf y le pidió a la baronesa que volviera al salón con toda la discreción posible.
- Aún no necesitamos un pánico generalizado, puesto que no tenemos nada en claro. Siga allí y mantenga la calma, y...gracias por su colaboración. - Pereiro y los otros dos hombres salieron de la sala de billar. Lecumlora se apoyó en la mesa de billar, con la vista fijada en el suelo.
- ¿Por qué no pudiste dejarla ir, Alexander...?
En el salón, Daniels espiaba a todos los presentes desde el sillón en el que antes estaba Kant. Reparó de repente en que Spinello y Mclovin abandonaban la sala con prisa. Una mirada a Garcis y a Lewis bastó para que decidieran seguir a los hombres. Les perdieron el rastro tras un rato, lo que hizo entender que avanzaron corriendo. Garcis se fijó en una puerta que estaba entreabierta y decidió echar un vistazo.
- No recuerdo esta habitación. - dijo con curiosidad.
- Es la biblioteca. Solo Ruibobille tenía la llave. - respondió Lewis.
- ¿Y entonces que hace abierta? - preguntó Daniels.
Los tres hombres se miraron, alertados. Abrieron la puerta de la biblioteca con cautela y al notar que no había nadie entraron. El lugar parecía mucho más amplio que el resto de las habitaciones de la mansión. Varias columnas y estanterias decoraban las paredes, repletas de libros. Algunos incluso se amontonaban en el suelo y en las mesas. Algunos pergaminos y documentos desordenados ocupaban la mesa central, cercana a la chimenea.
- ¿Es que todas las habitaciones tienen su propia chimenea? - soltó Garcis irritado.
- ¡Yo lo maté!
El ruido hizo que Garcis soltara un grito descontrolado y Daniels y Lewis miraran a todas partes. Daniels se fijó de repente en que Lewis había sacado un revolver. Pronto notaron cual había sido el foco de lo que oyeron.
- ¡Yo lo maté! ¡Yo lo maté! - repetía el loro desde su jaula.
- ¡Maldito demonio emplumado! Que susto me ha dado...- dijo Garcis recuperando la compostura.
- ¿Que hace este bicharraco aqui? No sabía que Ruibobille tuviera un loro. - dijo Lewis acercándose al pájaro.
- Yo tampoco sabía que tu llevaras un arma encima, Lewis... - respondió Daniels mirando seriamente a Janson.
- Es...por seguridad, Daniels. - Janson sonrió y dejó el revolver en la mesa llena de papeles.
Garcis se acercó a la chimenea y se dio cuenta de que había un papel quemado, y parecía haber sido arrojado recientemente.
- Ruibobille ha estado obsesionado ultimamente con algo. Todos estos papeles...
¿Eugenesia? ¿Qué es eso, Daniels?
- ¿Por qué das por sentado que yo lo sé?
- ¿Lo sabes o no?
- Creo que es reciente. Una serie de investigaciones sobre los rasgos hereditarios, no estoy seguro...
- Estás como ausente, llevas así toda la noche. ¿Se puede saber que te ocurre?
- ¿Te parece suficiente razón la muerte de uno de nuestros mejores amigos, Janson?
- Yo lo conocia antes, y bastante mejor que tú, doctor.
- Pues no parece que te haya importado mucho su muerte, la verdad...
- ¡Claro que me importa! Es solo que...
- Por dios, dejad de discutir. Creo que hay algo en la chimenea. - les cortó Garcis intentando coger el papel con las pinzas.
Mientras Garcis lidiaba cn las brasas, De la Rouge y Rufus entraban corriendo en la biblioteca. Le preguntaron a los hombres si habían visto a Kant y ante la negativa se dieron cuenta de lo que intentaba Garcis. Aún así, no había mucho que salvar. De la Rouge explicó sus sospechas a los tres hombres.
- Sea lo que fuera, ya no tiene remedio. Kant no puede escapar de todos modos.- dijo Daniels ante el abatimiento de los recién llegados.
- Bien, deberiamos dividirnos para buscarlo. - decía De la Rouge mientras intentaba recuperar el aliento.
- ¿Y Noelesia, Paul? - preguntó Daniels.
- Sigue en el cuarto de Rufus, creo. O se habrá ido al salón. ¿Por qué?
- Porque estando encerrados en una mansión con un asesino, no deberías dejarla sola, creo yo. Ve a por ella. Rufus y Garcis podrían buscar a Kant. Yo quisiera quedarme a investigar los papeles de Alexander. Quizás encontremos algo. ¿Te quedas Lewis?
- Si, si. Puede que encontremos alguna prueba contra Kant...aunque me cuesta creer que él precisamente...
- De acuerdo, de acuerdo. Pues lo haremos así. Puff, quien me mandaría beber hoy... - resopló De la Rouge poníendose en marcha.
- Avisadnos con lo que sea. - dijo Garcis saliendo a su vez de la sala.
- Oye Rufus, ¿y el loro? - preguntó Lewis.
- Fue un regalo...de la señorita Cornuelles al señor, ya hace bastante tiempo...- respondió con seriedad. Al oir el apellido de Mara, Janson se quedó de piedra. Lo comprendió de repente y le asintió a Rufus. Por la cara del mayordomo intuyó que estaba al tanto.
- ¿Qué me he perdido? - preguntó Daniels mientras observaba como el mayordomo cerraba la puerta detrás suya.
- No es nada, no es nada. Bueno, pongámonos a ello, doctor.
Lewis se quitó la chaqueta y comenzó a ojear la mesa de la biblioteca. Las llamas de los candelabros creaban monstruosas sombras a los pies de los dos invitados. Daniels se fijo en que uno de ellos había caido al suelo y estaba sujeto por una cuerda. Luego se acercó a la mesa, tenso, y sin apartar la vista del revolver de Janson, en la otra punta. Y en mitad del silencio, de vez en cuando se oía al loro de Ruibobille, que repetía lo mismo una y otra vez.
- ¡Yo lo maté! ¡Yo lo maté!
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